martes, 12 de febrero de 2019

El precio de la cabellera


No, no tengo cabellera. Desde hace años es para mi un imposible mostrar mi cabello suelto, sobre los hombros sin recoger ni trenzar. Hace años que dejé de tener guedeja, melena o vedeja. Aunque hubo un momento allá por 1990 en que algo hubo. Hoy el recuerdo de unas fotografías es la única imagen de mi extinta guedeja. Sin embargo, me ha horrorizado saber que entre los años 1830 y 1880 las autoridades del gobierno del estado de Sonora daba gratificaciones a todos aquellos que entregaran la vedeja obtenida ante un apache y ganada en combate. 

Esto,  que es horrible y que formó parte de un desconocido proceso de exterminio y genocidio realizado por las autoridades del recién independiente México, allá por el primer cuarto del siglo XIX, fue la concreción de una vieja práctica que venía del mundo precolombino de escalpar a los enemigos vencidos. En aquella época se realizó para aumentar el poder y con el deseo de intimidar en la guerra. 

La llegada de los europeos alteró y propagó esta costumbre. Lo cierto es que el conflicto que tuvo lugar durante el siglo XIX por el control de los recursos en la región entre los pobladores de Sonora y los apaches, llevó a medidas tan bochornosas como gratificar por las cabelleras de apaches con el fin de exterminarlos. Esta táctica del gobierno local, promovida entre 1835 y 1886, resultó contraproducente al hacer las incursiones apaches más violentas para vengar el agravio. El establecimiento de los ejércitos de México y Estados Unidos para pacificar este espacio fronterizo y convertirlo en polo de crecimiento, como parte del proceso de configuración de los Estados nacionales, puso fin a esta cruel práctica. 

Pues inspirada en estos hechos se presentó al público en 1968 una película titulada en España Camino de la venganza (1968) , aunque su verdadero titulo era el de The Scalphunter, que viene ser los buscadores de caballeras. El encargado de llevar el proyecto a la gran pantalla fue Sydney Pollack, un director que siempre dijo que el llegó a esta profesión gracias a dos personas. Una, Robert Redford, un mito del cine aún vivo y en activo con el que debutó y con el que posteriormente mantuvo lazos fílmicos y a pesar de que ya era una estrella, y , un segundo , otro grande Burt Lancaster, que fue el que a finales de los años sesenta ayudó al desconocido Pollack poniéndole al frente de este western- del cuál Lancaster es productor- y de la célebre “El nadador”– aunque oficialmente fue Frank Perry el director, aunque realmente fue más productor y supervisor de las escenas de las que se encargaba de rodar en la mayor parte Pollack-. 

La relación entre Burt Lancaster y Sydney Pollack se remonta al año 1963 cuando Pollack trabajó como director de diálogo en la película de Luchino Visconti El Gatopardo (1963), en la que Lancaster era protagonista absoluto. The Scalphunter fue la segunda de las tres películas que hicieron juntos en rápida sucesión. Las otras fueron El nadador (1968) y La fortaleza (1969). Fue, de hecho, la más exitoso de las tres. 

El caso es que el empujón de Burt Lancaster le sirvió al director de Indiana para realizar posteriormente “Danzad, danzad, malditos”, que fue un gran éxito. 

Tras ese título el director fallecido en 2008 consiguió muchos resonantes éxitos como Las aventuras de Jeremías Johnson (1972) , Tal como éramos (1973), Los tres días del Cóndor y Yakuza (1975) , El jinete eléctrico (1979), Ausencia de malicia (1981), Tootsie (1982) , Memorias de África (1985) ,The Fabulous Baker Boys (1989), Habana (1990), La tapadera (The Firm) (1993) combinando en ocasiones la dirección, con la interpretación, como hace en su última película como coproductor, El lector (The reader) (2008), falleciendo ese año. 

La película fue un producto derivado del acuerdo firmado en 1967, en el que Burt Lancaster formaba una nueva sociedad con Roland Kibbee , quien ya había trabajado como escritor en cinco proyectos de Lancaster: Diez hombres altos , El pirata carmesí , Tres marineros y una niña (en la que Lancaster hizo una aparición), Vera Cruz y El discípulo del diablo . 

Lancaster tenía por costumbre trabajar de forma regular con productores en los que confiaba. Así que Lancaster aparecerá en un total de 17 películas producidas por su agente Harold Hecht . Ocho de estos fueron co-producidos por James Hill . También apareció en ocho películas producidas por Hal B. Wallis y dos con el productor Mark Hellinger . Aunque el trabajo de Lancaster junto a Kirk Douglas era conocido principalmente como un par de actores exitosos, Douglas produjo cuatro películas para el dúo, a través de sus compañías de producción Bryna Productions y Joel Productions.  
Lo mismo ocurre con Roland Kibbee también produjo tres películas de Lancaster entre ellas, esta. Al igual que Lancaster participa en dos producciones de Stanley Kramer . Lo cierto es que través de Norlan Productions, Lancaster y Kibbee produjeron The Scalphunters (1968), dirigida por Sydney Pollack. La relación entre Roland Kibbee venía de lejos. Kibbee escribió para Lancaster siete películas. 

Tras The Scalphunters, Lancaster siguió su relación con Pollack en la película Castle Keep (1969), que fue un gran fracaso. 

Entrando en la película la misma fue producida por Arthur Gardner , Arnold Laven , Jules V. Levy , Roland Kibbee y el mismo Burt Lancaster por medio de las productoras Bristol Films y Norlan Productions siendo distribuida por la United Artits. 

El guión se basaba en lo escrito por William W. Norton partiendo de una novela de Ed Friend. Para este proyecto contarán con la musica de un especialista en el género, Elmer Bernstein, la fotografía de Richard Moore y Duke Callaghan y el montaje de John Woodcock. Supongo que Lancaster utilizó al veterano del maquillaje Robert Schiffer como hizo en 20 películas ya que contrató a Schiffer en casi todas las películas que produjo. 

El reparto lo integró Burt Lancaster como Joe Bass, Shelley Winters como Kate, Telly Savalas como Jim Howie, Ossie Davis como el esclavo comanche Joseph Lee, Dabney Coleman como Jed, Paul Picerni como Frank, Dan Vadis como Yuma, Nick Cravat como Yancy y Armando Silvestre como Dos cuervos. 

Tras pasar el invierno en las Montañas Rocosas, el trampero Joe Bass ( Burt Lancaster) regresa con un cargamento de pieles con el objeto de venderlas cuando es atacado por los indios kiowa liderados por Dos cuervos ( Armando Silvestre ), que insisten en tomar sus pieles. 

Dada la superioridad numérica, Bass no tiene más remedio que plegarse al trato que le proponen: quedarse con los fardos de pieles que lleva en su caballo y, a cambio, entregarle a Joseph (Ossie Davis), un esclavo de raza negra bien educado , de modales impecables y tras escaparse de la mansión de sus amos fue capturado inicialmente por los comanches que a su vez fueron asaltados por los kiowas. 

Joe Bass (Burt Lancaster) que es un experto trampero y que conoce bien a los indios kiowas no quiere perder su cargamento de las pieles que ha conseguido tras un invierno de duro trabajo. Así que Bass no se resigna e intentará recuperar las pieles por todos los medios. Y ese "pago" no le convence ya que el esclavo, Joseph Lee ( Ossie Davis ), le puede ayudar. 

A regañadientes, dándose cuenta de que no puede luchar contra ellos lo acepta. Bass está un poco desconcertado por su nuevo compañero, que es un esclavo de la casa bien educado y refinado, no acostumbrado a los caminos del Oeste. 

Bass le ordena que lo ayude a recuperar las pieles del Kiowa. Lee solo acepta ayudar si Bass acuerda llevarlo a México donde está prohibida la esclavitud. Bass no está de acuerdo con eso, pero los dos entablan entente que no se rompe incluso cuando Joseph pretende escapar , pero es frenado en seco por Bass que controla con su chiflido al animal. 

Bass le va enseñando a Lee cómo conseguir comida en el oeste. Lee y Bass siguen el rastro de los Kiowa sabedores de que han encontrado el whisky entre las pieles. 

Tras localizarlos Bass le pide a Joseph que se aleje, pero no lo hace y desde su refugio en las rocas observa cómo el grupo de indios serán emboscado por un grupo de scalphunters, americanos blancos y mexicanos a los que se ofreció una recompensa por el gobierno por cada cuero cabelludo nativo que lleven. 

Estos scalphunters, que están dirigidos por un individuo, Jim Howie ( Telly Savalas ), mata a la mayor parte de los Kiowa, les quita su cabeza y luego les roba las pieles que Bass esperaba recuperar. Bass y Lee se ven obligados a seguir al grupo, esperando recuperar las pieles en un momento de despiste. de cualquier manera Bass y Lee persiguen al grupo para recuperar lo que es suyo. 

Desafortunadamente, mientras están espiando, Lee cae sobre un acantilado y es capturado por los cazadores de cabelleras, quienes deciden que pueden venderlo por $ 1500 en Galveston, Texas . Mientras viajan hacia el sur, la novia de Jim Howie, Kate ( Shelley Winters ), le revela a Lee que realmente se dirigen a México . 

Éste comienza a ganarse su favor, peinándola y leyéndole la mano, anunciándole una fortuna futura, esperando que ella convenza a Howie para que lo lleve con ellos a través de la frontera, en lugar de venderlo. Bass, mientras tanto, ha estado siguiendo de cerca el rastro del grupo. Y en un momento dispara desde lejos a los buscadores de cabelleras dadas sus dotes de gran cazador , ahora transformado en un francotiradores. Esta circunstancia les obliga a soltar el caballo de carga que lleva las pieles. 

Sin embargo, Bass es emboscado, y los scphunters recuperan las pieles y continúan su camino. Al acercarse a su campamento en la noche, Bass intenta persuadir a Lee para que lo ayude, pero el esclavo ahora está listo para ir a México y le niega la ayuda. Bass mata a varios de los scphunters, iniciando , poco después, e intencionalmente, un deslizamiento de rocas en las montañas cercana al punto en el que están situados. 

Después de no poder volver a asegurar la recuperación de las pieles, Bass contamina el agua de un arroyo cercano con semillas de loto , una planta tóxica que hace que los caballos del grupo estallen , corran y se vuelvan locos mientras beben agua. Ahora completamente cansados, y queriendo llegar a México a salvo, envían a Lee como mensajero a Bass con el mensaje de que puede quedarse con las pieles. 

Un Bass cauteloso baja la ladera de la montaña para recoger el solitario caballo de carga, y en ese momento es asaltado por Howie, quien siempre había tenido la intención de romper el trato. En una lucha subsiguiente, Howie es asesinado a tiros por Lee. Una vez eliminado Howie el problema estriba en Joseph. Entre ambos se inicia una pelea. 

La pelea entre Bass y Lee se transforma en una lucha interminable en la que uno no puede vencer al otro. Mientras tanto, un grupo de kiowas ataca e barre a los scphunters. 

Dos cuervos, que habían sobrevivido a un la masacre anterior, han traído refuerzos. Él recupera las pieles que considera suyas por el trato anterior. La historia termina con Bass y Lee, ahora amigos, preparándose para seguir a los Kiowa para recuperar las pieles, pues son conscientes de que entre las pieles vuelve a estar botellas de whisky, acabando así la película. 

El rodaje tuvo lugar en la primavera de 1967 en el Parque Nacional de la Sierra de Órganos en la ciudad de Sombrerete en el área de Zacatecas, México y en las laderas amarillentas de Durango fotografiadas espléndidamente por Duke Callaghan que más tarde fotografiará para Pollack“Las aventuras de Jeremiah Johnson” y más tarde “Conan el bárbaro” . 

El film está rodado integramente en exteriores y en formato Cinemascope, con unos paisajes muy áridos y de mediana belleza como la Barranca del Cobre, cercana a Chihuahua, en la misma Chihuahua. También rodarán en Quartzsite, en Parker, y Harquahala Mountains, las tres en Arizona. 

A destacar en la película, además de la fotografía, la fantástica la partitura de Elmer Bernstein, llena de vida y que aporta la misma vitalidad que toda la película ofrece. 

En su autobiografía de 1980, Shelley Winters afirmó haber tenido una larga relación con él de un par de años en los cincuenta.

La película se estrenó en Nueva York el 2 de abril de 1968 y obtuvo en taquilla $ 2,800,000 en sus pases de EE. UU. y Canadá. 

De este western de ritmo rápido escrito por William Norton (White Lightning, Gator) la crítica señaló en las páginas de The Film Daily que ofrece un "buen espectáculo" , mientras que en Motion Picture Herald destacaba su "humor irresistible" e "ironías encantadoras". 

En Los Angeles Times se escribió que ¡Los Scalphunters son "un placer animado, arriesgado e impredecible que lleva al oeste a un nuevo país" y en Citizen News se señala que es "un viaje sorprendente y lleno de acción que concluye con uno de los "eventos cinematográficos de todos los tiempos". 

Roger Ebert dijo de ella ""... la mezcla más maldita de los diferentes tipos de películas que has visto ... Tiene muchas acciones difíciles. Tiene comentarios sociales. Tiene una gran farsa. Tiene comedia". ". 

En España , Fernando Morales en El País dice de ella que es una "Entretenida historia de tramperos, indios y mercenarios. Burt Lancaster encabeza un reparto tan eficaz como conocido, que eleva la calidad de esta curiosa cinta. Interesante" 

Pablo Kurt en Filmaffinity que se trata de "Un simpático western con toques de comedia que ya muestra la debilidad de Pollack por la naturaleza y sus ideas progresistas". 

En Fotogramas se señala que es "Un western con elementos un tanto pintorescos que parte de una mirada eminentemente sardónica que ocasionalmente deviene más convencional, lo que acaba perjudicando la coherencia interna de un film tan curioso como atractivo. " 

En ABC se escribe que es una "Una de las primeras películas realizadas por el director (y en ocasiones también actor) Sidney Pollack. Contando con unos veteranos Burt Lancaster y Telly Savalas como protagonistas, Pollack plantea una desmitificación del wéstern, dotándolo de diversos elementos y situaciones cómicas. "Camino de la venganza" se enmarca dentro de una serie de producciones, de finales de los 60 y principios de los 70, en las que el cine del Oeste era observado bajo un punto de vista alejado de toda leyenda. Pese a que este filme no obtuvo demasiado éxito en taquilla, Pollack volvería al wéstern pocos años después con "Jeremiah Johnson", un filme del Oeste con fuertes acentos ecologistas. " 

La película obtuvo algún premio. Ossie Davis fue nominado a un Golden Globe a Mejor Actor de Reparto o secundario por su actuación en la película. 

Como ya he dicho más arriba la película es un cocktail completo integrado por comedia, acción, violencia, crítica social no dejando de ser un western en clave de comedia y revisionista como otros muchos que aparecen en la segunda mitad de los sesenta y setenta cuando el género agonizaba y se buscaban nuevas fórmulas. En la misma destacan las escenas de inusitada violencia , a las que se suman otras espectaculares como la avalancha de rocas que provoca el protagonista o los caballos encabritados después de beber agua. A destacar igualmente su banda sonora así como su fotografía y unos títulos de créditos que nos resumen de forma magnífica el trabajo previo de Bass, la dureza del mismo, lo que explicaría la necesidad de recuperar lo que entiende que le ha costado tanto esfuerzo. 



Finalmente destaco el tema histórico de la misma, un tema que está basado en una realidad espeluznante. Hubo todo un mercado de caballeras en el área fronteriza de México y Estados Unidos y cuya información detallada podéis encontrar en este artículo escrito por Ignacio Almada Bay y Norma de León Figueroa del Colegio de Sonora, Mexico y que aquí podéis ver en su totalidad dado lo mucho que me ha impactado. Tan interesante es que lo que tomado casi por completo dado lo impactante del mismo. 

Los Nnee ("seres humanos" o "gente"), conocidos como apaches por españoles y mexicanos, eran diversos grupos nómadas unidos por elementos culturales comunes, como la lengua, hoy denominados atapascanos según criterios lingüísticos.

Hacia el siglo XIX, incursionaban en lo que hoy es Sonora y otros estados del norte mexicano, principalmente con el fin de obtener ganado y cautivos.

También influyeron en sus incursiones el mercado estadounidense para el ganado depredado, el intercambio y asimilación de cautivos, la venganza y la iniciación de nuevos guerreros. Si bien, la diferencia entre redada o incursión y ataque o guerra fue consistente entre los pueblos nativos, el pueblo que tenía la separación más tenue entre ambas fue el de los apaches. 

Las incursiones en forma de redadas se empleaban para cazar o recolectar, hasta que la superioridad tecnológica -por el uso de armas de pólvora- y demográfica de los comanches obligó a los apaches a retirarse de la caza del bisonte, dejándolos sin qué intercambiar con los pueblos nativos y dio a la redada un carácter de incursión bélica o ataque. 

Mientras hubo suficiente territorio, las redadas de los apaches no incluyeron bienes de otros pueblos nativos, excepto en el caso de la guerra sostenida con los comanches durante los siglos XVIII y XIX.

Cuando asentamientos de población blanca, mestiza y de indios asimilados en el norte de la Nueva España y de México se acercaron al territorio por el que los apaches ambulaban, sus redadas para cazar y recolectar incluyeron caballos y cautivos. 

Las incursiones para cazar y recolectar se mezclaron con las campañas de represalias, o guerras, que los apaches llevaron a cabo por venganza debido a la muerte de familiares y guerreros apaches a manos de soldados o vecinos novohispanos y posteriormente mexicanos. 

Así la incursión con fines bélicos, especialmente de ataque, depredación y captura de cautivos, caballos y después ganado vacuno, se tornó en la forma usual de apropiación de esos bienes, al tomarlos por la fuerza como despojos de guerra. 

La existencia cercana de diversos grupos étnicos en la región fronteriza del norte de la Nueva España y luego de México, registró relaciones pacíficas y choques violentos. Un espacio dinámico, en cambio constante, provocaba que pactos, conflictos y negociaciones se dieran entre los distintos grupos, de forma simultánea; por tanto, no se puede hablar de un estado de guerra permanente entre los grupos. 

Pese a esto, ni españoles ni mexicanos controlaron a los apaches y sus ataques afectaron la vida cotidiana y las actividades económicas en los estados del norte mexicano. 

Durante la época colonial, las autoridades españolas buscaron detener los ataques de los atapascanos en la provincia de Sonora. Sin embargo, sus intentos, que comprendieron pactos con diversas bandas apaches, alianzas con ópatas y pimas para combatirlos, expediciones punitivas a territorio apache, deportaciones y la erección de una línea de presidios, no ofrecieron una solución estable y las incursiones continuaron.

Con el tiempo, los españoles reconocieron las desventajas de la guerra ofensiva ya que "los numerosos indios bárbaros tenían la ventaja". Una guerra abierta era imposible que tuviera éxito debido a características de los grupos atapascanos, como su fraccionamiento en pequeñas unidades, una movilidad acelerada, el conocimiento de la geografía y la ecología regionales y su tradición guerrera.

La guerra defensiva se convirtió en la pauta a seguir, era menos difícil contener a los nómadas independientes que subyugarlos por la fuerza, "ya que la experiencia había demostrado que las campañas ofensivas devoraban hombres, animales, recursos y capital, y raramente traían una paz duradera".

Por lo anterior, las autoridades novohispanas buscaron atraer a los nómadas independientes hacia las ventajas de la "vida civilizada", lo cual pensaban aseguraría una victoria lenta. 

Como el Comandante General de las Provincias Internas Jacobo de Ugarte señaló hacia 1786, "una mala paz con las naciones indias que lo solicitaran sería más beneficiosa que los esfuerzos de una buena guerra".

Al final del siglo XVIII, la política implementada por Bernardo de Gálvez de congregar alrededor de los presidios a los atapascanos que se asentaran en los establecimientos de paz, dotándolos con raciones, funcionó parcialmente. 

Tras la guerra de Independencia (1810-1821) mientras la nueva nación se organizaba, los ataques de comanches y apaches se intensificaron. La falta de control sobre la frontera, las luchas entre facciones políticas, el avance del expansionismo norteamericano, la conformación de circuitos de intercambio para lo depredado en México y la carencia de recursos para la defensa, dejaron a las poblaciones fronterizas vulnerables ante las incursiones. 

El deterioro de la línea de presidios y el colapso de los establecimientos de paz contribuyeron a incrementar la violencia y las tensiones en la región. Los actuales estados de Sonora y Chihuahua, principales objetivos de las incursiones de los atapascanos durante gran parte del siglo XIX, enfrentaban luchas entre facciones políticas por el poder y conflictos con grupos indígenas ex misionales, carecían de armas, municiones, hombres y caballos para su defensa.

Buscando acabar con las depredaciones de los nómadas, el gobierno del estado de Sonora tomó medidas drásticas. El exterminio de los atapascanos se perfiló como la solución, y en aras de lograr este objetivo las autoridades ofrecieron premios en efectivo por apache muerto. 

Otros estados norteños siguieron su ejemplo y esta táctica de recompensas, que inició en la década de 1830, estuvo vigente medio siglo. 

Entre los grupos nativo americanos escalpar a los enemigos vencidos era una práctica que tenía significados relacionados con el poder y la guerra. 

La práctica de escalpar fue una evolución del acto de cortar cabezas, inserta en el contexto de mutilar el cuerpo del enemigo vencido en combate y tomar trofeos que lo representaran. Esta fue una costumbre precolombina, que los europeos estimularon y propagaron, debido a tres elementos: la difusión de las armas de fuego que causaban mayor número de bajas, los cuchillos de acero que facilitaban desprender los cueros cabelludos, y las recompensas ofrecidas que alentaron esta práctica entre los grupos nativos y más allá de éstos.

Originalmente los atapascanos no tenían la costumbre de escalpar, la desarrollaron al interactuar con otros grupos que sí la llevaban a cabo y lo hicieron de manera parcial.

Los apaches chiricahuas escalpaban en pequeña proporción, pues las cabelleras eran temidas al ser consideradas porciones de los muertos. El jefe chiricahua, Gerónimo, refiere episodios en los que tuvo lugar esta práctica en territorio sonorense, "cuando estábamos casi en Arizpe, acampamos y ocho hombres vinieron a parlamentar con nosotros. Los capturamos, matamos y escalpamos". Al día siguiente se enfrentaron con tropas provenientes de Sonora a las que derrotaron, cobrando venganza por la masacre de Kaskiyeh, Gerónimo, en su calidad de jefe de guerra, ordenó escalpar a los enemigos muertos. Según la narración del jefe apache, estos episodios tuvieron lugar en el verano de 1859. El testimonio del jefe apache es consistente con la tradición oral de los atapascanos al indicar que la toma de cabelleras sólo tenía lugar en territorio enemigo, así como al señalar que tenía como finalidad mostrar el grado en que se odiaba al adversario.

En resumen, entre los nativo americanos, la práctica de escalpar tuvo profundo significado y un trasfondo cultural. Las cabelleras se tomaban como trofeos y existían una serie de ritos y danzas diseñados para obtener beneficios de ellas y debilitar al grupo enemigo. Éstas eran un símbolo que representaba valor, superioridad guerrera, dominio sobre otros hombres. La cabellera del enemigo mostraba que en el campo de batalla se había sido más fuerte y astuto que él. La práctica de escalpar, al igual que otros aspectos de la vida de los nativo americanos, fue modificada a partir del contacto con la población no nativa. 

En ocasiones algunos grupos fueron atraídos por las recompensas ofrecidas por las autoridades. Tal fue el caso de indios delawares y shawnees que engrosaron la banda de Santiago Kirker, afamado cazador de cabelleras, habitualmente contratado por el gobierno del estado de Chihuahua en las décadas de 1830 y 1840.  A diferencia de los rituales y el simbolismo alrededor del acto de tomar cabelleras que originalmente rodeaban esta práctica entre los nativo americanos, la promoción del acto de escalpar por el gobierno sonorense estuvo influida por razones prácticas como la dificultad de transportar un cadáver o una cabeza, como prueba para cobrar la recompensa ofrecida por las autoridades. Lo anterior no significa que el odio, la imagen de los apaches como salvajes y el deseo de exterminarlos no entraron en juego cuando el congreso y el gobierno sonorenses establecieron decretos y leyes que recompensaron esta práctica. 

Al inicio de las gratificaciones por cabelleras apaches en el estado de Sonora, 1832-1837, los apaches reanudaron sus ataques luego de obtenida la independencia de España por México en 1821: comerciantes estadounidenses entraron en contacto con los apaches para hacerse de ganado y otros artículos depredados en las poblaciones mexicanas, a cambio de armas, municiones y alcohol; de esta manera "los americanos precipitaron, frente a los ojos de los sonorenses, un aumento en la frecuencia y letalidad de los ataques apaches". Ya fuese para mitigar los ataques norteamericanos contra los nativos o para beneficiarse del botín obtenido en suelo mexicano, la complicidad de estadounidenses y la indiferencia de sus autoridades alentaban las incursiones. 

Los pobladores de Sonora y Chihuahua clamaban a los distintos niveles de gobierno sin resultados positivos. Las incursiones de los apaches se multiplicaron y por consiguiente sus depredaciones, robos y asesinatos, segando numerosas vidas y fuentes de trabajo, pues la mayoría de haciendas y ranchos en la región septentrional quedaron abandonados; los habitantes sólo podían vivir agrupados y armados para la defensa común y la de sus familias y para viajar necesitaban agruparse en convoyes igualmente armados. 

Los nómadas tomaban no sólo bienes, sino mujeres y niños; constantemente asesinaban a los hombres, causaban desintegración de familias y migración a sitios más seguros, por lo que provocaban descensos poblacionales, que impedían que una barrera de asentamientos frenara su paso hacia el interior del estado. 

Debido a la difícil situación que reinaba en el país, cada estado actuaba según su conveniencia para enfrentar la amenaza de los atapascanos y lo depredado en un lugar se vendía abiertamente en otro. 

Los habitantes de Sonora quedaban más expuestos a las depredaciones de los apaches, ya que las autoridades de Chihuahua celebraban regularmente tratados de paz con distintas bandas, de los cuales el estado de Sonora quedaba excluido con consecuencias negativas.

A lo largo del siglo XIX, la política del gobierno de Sonora hacia los apaches fue distinta a la que les ofreció el gobierno de Chihuahua, donde la relación con los atapascanos parece haber sido más flexible y casuística. 

Del lado del gobierno sonorense la situación parece haber sido más consistente, aunque sí se dieron pactos de treguas con bandas apaches, la política principal parece haber sido la de subyugarlos, buscando su exterminio. Al margen de la política oficial, las respuestas de la población de vecinos fueron variadas, comprendieron un arco que fue de la guerra abierta a la paz concertada, al pasar por el intercambio de cautivos o el pago de su rescate y por prácticas como realizar "cortadas" para interceptar a los apaches, disputarles el botín y, en caso de tener éxito, ser retribuidos por "la saca".

Para algunos sonorenses de la elite gobernante como Ignacio de Bustamante, vicegobernador en el periodo 1832-1836 y gobernador en funciones en varios lapsos, la única política hacia los grupos apaches debía ser la guerra. 

Ante las intenciones del comandante general de Sonora y Sinaloa, coronel Ignacio de Mora, de enviar emisarios de paz a la apachería en 1834, Bustamante señaló que implorar la paz a los bárbaros seria humillante, no produciría otros resultados que alentar más la audacia de este feroz enemigo, convencerlo de nuestra impotencia para refrenar su criminal osadía, perder en el interior un tiempo precioso de lograr el mismo objeto después de un severo escarmiento.

El vicegobernador Bustamante respondió así al planteamiento del comandante general de buscar una tregua con los grupos apaches, basado en que el objeto de su nombramiento era consolidar la paz en Sonora y Sinaloa y que para lograr dicho fin era menester "hacer la guerra a los bárbaros o consolidar con ellos la paz". Bustamante alzó la voz en contra "exponiendo en su nota de inconformidad que no se trataba de un pueblo organizado para discutir de igual a igual, sino de un pueblo salvaje que no tenía ningunos principios". Bustamante reprochó a Mora "que si conociera el escenario estatal de la guerra contra los apaches, habría obtenido los conocimientos prácticos y medios eficaces para alcanzar una paz duradera". Por el contrario, subrayó "sin experiencia alguna en el modo en que deben ser tratados estos bárbaros que tanto difieren de los demás enemigos, quiere dictar órdenes a trescientas leguas de distancia". El vicegobernador concluía con énfasis que "en Sonora no hay tropas, no hay armamento, no hay recursos pecuniarios, no hay caballos, no hay monturas, no existe uno solo de los elementos necesarios para una regular defensa".

Las autoridades sonorenses clamaban al gobierno central por recursos que ellos pudiesen utilizar a su libre arbitrio en el combate a los apaches, apoyados en su experiencia y con libertad de acción. La falta de armas y hombres para empuñarlas dejaba a las poblaciones sonorenses indefensas. Ante la gravedad de la situación y cuando los pactos fallaron, se buscó exterminar a los atapascanos, por lo que se incitó a la población a "cazarlos" y contratando a bandas de particulares para acabar con los apaches. Se revivió una política novohispana, se pagaban recompensas por indios vivos o muertos presentados, así como por sus cabezas, cabelleras y orejas.

Como no se disponía de tropas profesionales y en número suficiente, se buscó el apoyo de mercenarios, locales o extranjeros, atrayéndolos con recompensas. El exterminio de los apaches fue una estrategia puesta en práctica por el gobierno sonorense y, posteriormente, por otros estados norteños. Ofrecer recompensas por sus cabelleras fue una táctica para alcanzar ese fin, pagar por apache muerto para arrancar el problema de raíz, ya que los convenios de paz resultaron parciales y precarios, según la percepción de las autoridades sonorenses. Pese a que la población sonorense de la época parece haberse decantado por la guerra en relación a los apaches, también se buscaron alternativas pacíficas. Por ejemplo, el 10 de julio de 1835 el gobierno del estado concedió "a los apaches del Establecimiento de Tucson el terreno necesario para la fundación de un pueblo para su residencia", el decreto señalaba el rancho de Sonoyta como el lugar designado para este propósito. Probablemente, la concesión no trajo los resultados esperados pues dos meses después, un decreto les declaraba la guerra, al designarlos "enemigos comunes del estado" y se establecieron castigos y premios para los vecinos, en materia de combate a los apaches.

La saca fue una práctica informal, consistente en distribuir como recompensa entre los perseguidores, una parte del ganado represado a los apaches. "Regulada por el congreso local desde 1834, tuvo una duración prolongada como práctica retributiva, en especie o en dinero, en un espacio caracterizado por la carencia endémica de metálico".

Al buscar incentivarlos, se concedió a los vecindarios de los pueblos el derecho de cobrar la saca por las bestias que quitaran a los apaches que las condujeran robadas de los ranchos del interior, se estipulaba también que, para evitar cualquier fraude sobre los bienes represados, las recompensas no se entregarían sino después de bien justificada y probada la realidad del hecho.

El gobierno sonorense, encabezado, en el periodo 1832-1836, por su primer gobernador constitucional Manuel Escalante y Arvizu, y el vicegobernador Bustamante, fue más lejos en materia de incentivos. 

En septiembre de 1835, al buscar frenar las incursiones, se estableció por decreto recompensas por cabelleras apaches ofreciendo cien pesos por aquella perteneciente a un guerrero mayor de catorce años, y que las mujeres y niños serían tomados presos para ser deportados o colocados como sirvientes con familias mexicanas. También se ofrecía a los cazacabelleras conservar el botín que represaran. Asimismo, se estipulaba que "siendo los apaches enemigos comunes del Estado, todos los pueblos quedaban facultados para perseguirlos como a fieras sanguinarias que cruelmente lo devoran", se asentaba que "deseando el Ejecutivo el exterminio del enemigo apache" se le declaraba la guerra y lo señalaba como enemigo de la sociedad sonorense, castigaba la deserción de miembros de las tropas en su persecución y la apatía e indiferencia de los vecinos en la materia, estipulaba que el ganado represado se subastaría para comprar parque y que cualquier sonorense que favoreciera directa o indirectamente las incursiones sería considerado como enemigo y castigado. Esta serie de medidas anunciadas sugieren la percepción de los daños que los atapascanos causaban en la población y en la economía de la entidad, de acuerdo a sus autoridades.

Al ofrecer gratificaciones por cabelleras apaches, se alteró una práctica cultural de grupos nativo americanos, transformándola en un mercado de sangre que propiciaría masacres impulsadas por la codicia, el odio interracial y el gusto por la violencia. 

Ante la situación desesperada, los sonorenses adoptaron y reglamentaron una práctica de aquellos a quienes llamaban "bárbaros", una práctica contraria a la civilización que los sonorenses decían representar y defender. El estadounidense James Johnson respondió al llamado del gobierno del estado de Sonora, seguido por notables cazadores de cabelleras, como James "Don Santiago" Kirker, Michael H. Chevallié, John Joel Glanton, Michael James Box, John Dusenberry, entre otros, quienes se volvieron famosos en Chihuahua, Durango y Coahuila. Estos personajes eran mercenarios fronterizos que conocían a los apaches porque anteriormente habían tratado con ellos y ahora se volvían sus enemigos, seducidos por las recompensas ofrecidas en los estados norteños. Chihuahua llevaría la delantera en materia de gratificaciones por cabelleras y la ciudad de Chihuahua se convirtió en la capital de los "cueros cabelludos" en América.

El gobierno y el Congreso del estado de Sonora inauguraban así lo que críticos nacionales contemporáneos llamaron "la vil industria de vender cabelleras" y una nueva etapa en las relaciones apaches-mexicanos, caracterizada por masacres y odio mutuos; por carnicerías de las que fueron víctimas hombres, mujeres y niños, no sólo apaches sino de otros grupos nativos e incluso mexicanos, motivadas por la codicia de los mercenarios extranjeros y sus bandas multirraciales. 

Estas bandas de profesionales de la muerte desarrollaron sus propias tácticas para masacrar a los apaches, evitaban las confrontaciones de frente, de las que difícilmente saldrían victoriosos. Por ejemplo, sorprender a un campamento o aldea mientras sus integrantes dormían, emboscarlos o atraer con engaños a un grupo de atapascanos a un lugar preparado de antemano para atacarlos cuando se encontraran desprevenidos. 

Según los cazadores de cabelleras, sorprender un campamento apache antes del amanecer era como encontrar una mina de oro. En abril de 1837 el mercenario James Johnson, quien según la historiografía y testimonios de la época había realizado un contrato con el gobierno de Sonora, invitó a un festín al jefe mimbreño Juan José Compá y su gente en un lugar de la Sierra de las Ánimas,en el actual Condado Hidalgo, en Nuevo México,  amparándose en la amistad que les unía, quizás por haber tenido tratos comerciales o de otro tipo con anterioridad. Ya que los atapascanos difícilmente confiaban en los extraños, debe haber existido una familiaridad con Johnson. Cuando los mimbreños se encontraban desprevenidos, Johnson y sus hombres masacraron a hombres, mujeres y niños ahí reunidos.

Alentado por el relativo éxito de las gratificaciones por cabelleras en Sonora, el gobierno del estado de Chihuahua adoptó un plan de guerra similar, pero más drástico, basado en la idea de que "por las liendres se reproducen los piojos", incluía recompensas por cabelleras de mujeres y niños apaches. Posteriormente en Durango y Coahuila entraron en vigor leyes parecidas. El gobierno central ni apoyaba ni sancionaba estas medidas que se registraban en los estados fronterizos. Sin amedrentarse por estos sangrientos hechos, más aún enardecidos por ellos, bandas de atapascanos incursionaban en Sonora. 

( ...) A raíz de implementarse las gratificaciones por cabelleras, el clima de violencia en las poblaciones fronterizas se intensificó, así como el odio entre los apaches y los sonorenses, debido a las masacres perpetradas por las bandas de mercenarios, a la alta estima en que los apaches tenían a las vidas de sus guerreros y a la afrenta que para los atapascanos representaba la mutilación de sus cuerpos. 

A partir de la oferta, alrededor de 1835, de gratificaciones por cabelleras de atapascanos sin distingos de quienes lo perpetraran, y la incorporación de bandas multirraciales encabezadas por cazadores "profesionales" de origen anglosajón, las medidas defensivas y ofensivas de los mexicanos no tuvieron gran éxito, en su desesperación las autoridades de los estados norteños visualizaron una guerra de exterminio contra los atapascanos promovida por el pago de gratificaciones por apache muerto. Pese a las intenciones del gobierno sonorense, durante estos años parecen no haberse registrado mayores victorias para los sonorenses que las vidas cobradas por Johnson en la Sierra de las Ánimas y la captura y posterior ejecución pública del jefe apache Tutijé en Arizpe en 1834, hechos que los sonorenses pagarían con creces en los años siguientes. 

Entre  1850-1851 se entra en una espiral de violencia como resultado de promover el exterminio de los apaches 

Al iniciar la década de 1840, la población del estado de Sonora se encontraba tan abatida que numerosos pueblos de la región septentrional fueron abandonados. La osadía de los apaches los llevó hasta las goteras de la ciudad de Arizpe, ocuparon el presidio de Fronteras, destruyeron el pueblo de Chinapa después de haber dado muerte a la mayoría de sus habitantes y buena parte de los vecinos de los municipios norteños se vio obligada a emigrar en dirección a California.

Según Worcester, debido en parte a las actividades de los cazadores de cabelleras, la destrucción en las vidas y propiedades de los estados del norte de México fue mayor en estos años, 1831-1837, que en ningún otro periodo. 

El Tratado de Guadalupe Hidalgo puso fin a las hostilidades entre México y Estados Unidos, pero tuvo el efecto contrario en las relaciones con los apaches, quienes utilizaron a su favor los cambios en la geografía fronteriza. En el lado mexicano las incursiones continuaron, los apaches quemaban haciendas, robaban ganado, atacaban caravanas, tomaban cautivos a mujeres y niños, sabiendo que podían escapar cruzando la asequible frontera.

El gobierno sonorense el 24 de febrero de 1848 impuso una contribución anual de 7 500 pesos a los distritos de Hermosillo, Ures y Álamos para sostener una fuerza de 500 soldados en pie de guerra para combatirlos y se constituyó una junta de guerra que debía encargarse de manejar los fondos y dirigir las operaciones.

La guerra a los atapascanos aparecía como la "más urgente necesidad pública de Sonora" y personajes como el exgobernador Manuel Escalante y Arvizu se preguntaban si serían suficientes 500 hombres en campaña sobre los apaches para lograr su total exterminio, que consideraban "la única manera de asegurar las vidas e intereses de los habitantes de la frontera".

En 1848, ciudadanos del distrito de Sahuaripa se dirigieron al gobierno del estado pidiendo no se les cobrara determinado impuesto, ya que estaban en imposibilidad de cumplir con el mismo debido a las continuas incursiones de bandas apaches que tenían sus campamentos en la Sierra de Guaynopa, cercana a la villa de Sahuaripa y a otras poblaciones, de donde se desprendían para atacar. Así, poblaciones como la villa de Sahuaripa estaban "sumidas en la miseria y a punto de desaparecer", las poblaciones se quedaban solas por migración o muerte de los habitantes, las actividades económicas se encontraban casi paralizadas y mujeres y niños eran tomados como cautivos y llevados a vivir al lado de los apaches.

Pese a los esfuerzos de vecinos y autoridades, para mediados del siglo XIX, las incursiones habían provocado una marcada reducción de la población del norte de Sonora: los vecinos abandonaron minas, ranchos e incluso pueblos enteros. Este proceso de despoblación era estimulado por un conjunto de factores como la migración a California por la fiebre del oro, la migración "hormiga" pero incesante al Territorio de Arizona, fallidas empresas de colonización. No se trataba de un proceso unicausal ni homogéneo. 

No por ello cesaban las incursiones, entre mayo de 1850 y enero de 1851, el jefe chiricahua Mangas Coloradas encabezó tres partidas de guerra, cada una formada por doscientos a trescientos guerreros, que golpearon los poblados sonorenses; en parte, estos ataques vengaban las campañas de los sonorenses contra su gente. No eran sólo intereses materiales los que atraían las incursiones apaches a suelo sonorense, la venganza también era un poderoso motivo. Los atapascanos sentían profundo odio hacia los mexicanos, especialmente por los sonorenses, traiciones y represalias habían formado una espiral de violencia de la que participaban estos grupos, y el deseo de venganza estaba siempre presente. Estos sentimientos fluían en ambas direcciones, jefes chiricahuas, como Mangas Coloradas, Cochise y Gerónimo, odiaban profundamente a los sonorenses, pues en la memoria de estos clanes y bandas sobrevivía el recuerdo de episodios como la captura y ejecución pública del jefe apache Tutijé en Arizpe en 1834, la masacre de Johnson en la Sierra de las Ánimas en 1837, donde Mangas Coloradas perdió a dos esposas; el ataque a Janos y Corralitos por Elías González en 1844, y el asalto a asentamientos de apaches de paz en las inmediaciones de Janos y luego a éste, perpetrados por tropas nacionales y sonorenses al mando del general José María Carrasco en 1851, donde perdieron la vida una esposa, la madre y tres hijos de Gerónimo y otros incidentes donde, de acuerdo con los agraviados, la traición de los sonorenses había sido la constante y donde las víctimas más numerosas habían sido ancianos, mujeres y niños apaches.

Por su parte, los vecinos no podían olvidar las depredaciones de los apaches, los familiares asesinados así como a sus hijos y mujeres arrebatados y llevados a vivir como cautivos. 

A sangre y fuego,  el jefe Mangas Coloradas y el coronel Carrasco moldean la pauta, 1850-1851 En 1850, el gobierno de Sonora respondió a las incursiones apaches al aumentar las recompensas por cuero cabelludo y se ofrecía nuevos incentivos. 

El 7 de febrero de 1850 el congreso de Sonora autorizó la organización de guerrillas formadas por nacionales y extranjeros con el fin de perseguir a los apaches. Este decreto señalaba: 1) Se autoriza la organización de guerrillas de nacionales o extranjeros, en persecución de los apaches que invaden el estado; 2) Se concede a los jefes de guerrillas o "empresarios" un premio de 150 pesos por cada indio de armas muerto o prisionero y 100 por cada mujer prisionera, los menores de catorce años se entregarían a los "empresarios" para que los educaran en los principios sociales; 3) Los dueños del ganado robado que se recuperara pagarán una cuota, según el animal en cuestión, a los represadores para poder recuperarlo; 4) Se estableció un fondo "de guerra" para pagar las recompensas por indio muerto o prisionero; 5) Una junta "de guerra", formada por cuatro individuos de probidad, nombrados por el gobernador, quien sería el jefe de ella, vigilaría la recaudación y uso de los fondos, haría las calificaciones necesarias para obtener los premios y publicaría en el periódico oficial los ingresos y egresos; 6) Esos premios también se harían extensivos a las partidas de guardia nacional destacadas a la persecución de los apaches, con la condición de deducir de sus premios lo que el gobierno del estado les hubiese ministrado para provisiones.

El gobierno del estado reglamentaría dicho decreto, establecería los requisitos necesarios para obtener la patente de guerrillero, los medios para hacer las justificaciones necesarias para conseguir los premios y las penas a las que se harían acreedores quienes pudieran cometer abusos en prejuicio de la seguridad, libertad y propiedades de los habitantes del estado o la integridad e independencia del mismo.

El gobierno estatal reconocía necesitar apoyo externo para combatir a los apaches, pero a la vez buscaba evitar los abusos que estas bandas armadas pudiesen ocasionar en las vidas y bienes de los ciudadanos, así como actos que atentaran contra la soberanía del estado, pues los objetivos expansionistas estadunidenses habían quedado claros luego de la guerra de 1846-1848. Simultáneamente se buscaron otras alternativas. 

En abril de 1850 José María Elías González, quien gestionaba una tregua con varios jefes apaches, escribió al gobernador acerca de un plan para pactar la paz con algunas bandas a cambio de otorgarles raciones para su subsistencia. Basado en sus 25 años de experiencia combatiendo a los chiricahuas, consideraba que la paz podía materializarse. Se mostraba dispuesto a cambiar su postura de que la completa subyugación o exterminio del enemigo eran las únicas alternativas de solución. El pacto se basaba en un acuerdo de paz a cambio de raciones, al modo de los antiguos establecimientos de paz. 

Los propósitos de Elías González tropezaron con dos obstáculos: la incapacidad del gobierno estatal de proveer con raciones a los apaches de forma inmediata y el odio del jefe Mangas Coloradas hacia los sonorenses y su influencia sobre el resto de los jefes chiricahuas. Incluso si los jefes con quienes Elías González buscaba la paz hubiesen aceptado la tregua, ellos no podrían impedir que el resto de los chiricahuas depredaran en Sonora y, menos aún, auxiliarían a los sonorenses en campaña enfrentando a sus hermanos de sangre. Las esperanzas de soluciones pacíficas se esfumaron, conforme los atapascanos, bajo la influencia de Mangas Coloradas, libraban una guerra abierta contra Sonora, "una guerra a muerte" en sus propias palabras. 

Elías González inició una "venganza personal" contra el jefe apache, acusándolo de sabotear la tregua. Mientras bandas apaches depredaban en el estado, algunas se dirigieron a Chihuahua para solicitar la paz. Las autoridades establecieron la condición de que para asentarse pacíficamente en la entidad debían cesar sus incursiones en Sonora, algunos jefes aceptaron y se establecieron en las inmediaciones de Janos, entre ellos Yrigollen, quien meses antes había intentado establecerse con su gente en Sonora.

Las autoridades de Chihuahua buscaban evitar las invasiones a su jurisdicción de tropas sonorenses en persecución de apaches y dieron muestras de estar dispuestos a no pactar la paz con quienes siguieran depredando en Sonora, se impuso esta condición incluso al jefe Mangas Coloradas. 

Pese a esto, el problema continuaba y el gobernador José de Aguilar había solicitado la ayuda del gobierno federal que respondió al reemplazar a José María Elías González por el Coronel José María Carrasco, quien arribó ostentando el título de comandante general e inspector de las colonias militares, pero sólo con una fuerza federal formada por 40 individuos. El coronel deseaba realizar una guerra sin cuartel que culminara en el sometimiento o exterminio de los atapascanos.

Antes de que el coronel Carrasco llegara a la entidad tuvo lugar un suceso clave en la historia del conflicto apache en el estado: la batalla de Pozo Hediondo. Su importancia radica en dos elementos, marcó el clímax del dominio chiricahua sobre el norte de Sonora  y lanzó a la fama al experimentado combatiente de los apaches y futuro gobernador, Ignacio Pesqueira. 

En enero de 1851 dos partidas apaches ingresaron a Sonora, cada una compuesta por 150 guerreros. Una de ellas concentró sus ataques en el distrito de Sahuaripa y la otra golpeó el centro del estado; cuando se encontraban en su camino de salida, llevando más de mil cabezas de ganado, vecinos sonorenses adscritos a la Guardia Nacional, encabezados por el capitán Ignacio Pesqueira, los enfrentaron en un sitio conocido como Pozo Hediondo; fueron derrotados los nacionales y su capitán casi muere en esta "desgraciada jornada", como Pesqueira se refirió al enfrentamiento que duró casi todo el día.

Generalmente, las bandas eran pequeñas para alcanzar mayor celeridad, ya que el éxito o fracaso de una incursión dependía de que los atapascanos pudieran desplazarse sin ser vistos. Las dos grandes partidas chiricahuas que participaron en este encuentro, bajo la dirección de Mangas Coloradas, deben haber sido una provocación directa, una muestra de la seguridad que sentían los apaches al recorrer el suelo sonorense. Esto podría sugerir que los atapascanos que incursionaban en Sonora no disminuían en número ni en la voluntad de hacerlo, a pesar del precio que sobre sus cabezas había puesto el gobierno estatal. Compartiendo las ideas de aquellos que buscaban la subyugación o exterminio del apache a toda costa, el coronel Carrasco tuvo una breve pero activa presencia en tierras sonorenses combatiendo a los apaches en campañas dentro y fuera del estado. 

Enterado de que Janos, Chihuahua, era un santuario comercial para intercambiar lo robado en Sonora, organizó una campaña y el cinco de marzo de 1851 sus tropas tomaron el lugar y una ranchería apache contigua, mataron a los jefes Arvizo e Irigollen,  más otros catorce hombres y cinco mujeres, permanecieron ahí cinco días y señalaron haber confirmado que el botín extraído en Sonora se intercambiaba en el lugar. 

Tras esta victoria, regresaron al estado arreando más de trescientas cabezas de caballada y ganado. Días después, tropas formadas mayormente por vecinos sonorenses se internaron en la vecina entidad, el rastro de caballada y ganado robado en Sonora los condujo más allá de Janos donde localizaron tres rancherías, dieron muerte a 21 mujeres y niños, a los jefes Coleto Amarillo y El Chinito, y a siete hombres más. A su regreso conducían más de sesenta cabezas de ganado y caballada, así como cuatro mujeres y doce niños apaches en calidad de cautivos.

En febrero de 1851, con el propósito de evitar los intercambios y arreglos que con pretextos de paz y liberación de cautivos realizaban algunas personas con los apaches, y como muestra de su postura ante ellos y su desconocimiento o rechazo a la tradición de relaciones no violentas entre apaches y sonorenses, el coronel Carrasco expidió un bando y estableció: 1) Guerra a muerte y sin cuartel a todos los pueblos apaches, exceptuando a mujeres, menores de 15 años y apaches de paz; 2) Todo soldado, colono o paisano que bajo cualquier pretexto tuviese trato o hablara con estos indígenas sería juzgado como traidor y pasado por las armas; 3) Cuando en el campo antes o después del combate (los apaches) pidieran la paz no se les oiría y serian juzgados como traidores y pasados por las armas.

Por estas mismas fechas, el gobernador de Sonora, José de Aguilar, señalaba las incursiones apaches como la causa principal de la miseria y caída poblacional no sólo en Sonora sino en otros estados norteños y proponía la toma de acciones conjuntas por los gobiernos de los estados de Chihuahua, Sonora, Durango y Nuevo México en esta materia.

Proponía también al gobierno de Chihuahua la formación de un plan conjunto ofensivo y defensivo contra los apaches, para cuyo efecto manifestaba contar con la cooperación del comandante general, coronel Carrasco, y algunos fondos.

El gobierno de Nuevo León hacía propuestas similares y pedía a los estados fronterizos, que sufrían las incursiones de los nómadas independientes, unir voces para solicitar al gobierno nacional que hiciera "una guerra efectiva y eficaz a los bárbaros hasta acabar con el problema de raíz", para lo cual proponían llegar a un acuerdo con el gobierno de los Estados Unidos; al mismo tiempo, solicitaban que se "auxiliara con numerario a los estados invadidos". El Congreso del Estado de Sonora apoyó esta propuesta y extendió la solicitud al gobierno central.

Pese a los esfuerzos del gobierno sonorense las incursiones continuaron durante esta década, se acrecentaron las muertes, robos y daños causados por ellas en el estado debido a la ubicación más próxima de los grupos apaches en territorio norteamericano, nuevos problemas políticos que sacudieron a la entidad, así como otros conflictos domésticos que distraían hombres y recursos. Incursiones constantes, recompensas fluctuantes 

A pesar de que las incursiones se incrementaban en intensidad y frecuencia, en parte como consecuencia de la política del gobierno de Estados Unidos hacia los indígenas, en las décadas de 1860 y 1870 los gobiernos de los estados norteños restringieron las recompensas por cabelleras a los pobladores locales, con el fin de evitar los abusos y los asesinatos perpetrados por los mercenarios extranjeros. 

Así mismo, después de las experiencias con las partidas de filibusteros dirigidas por el marqués Charles de Pindray y el conde Gaston Raousset de Boulbon, muerto de un balazo en 1852 en Rayón y fusilado en 1854 en Guaymas respectivamente, debe haber sido remota la aceptación de grupos extranjeros armados que operaban en territorio mexicano. Pese a que no reportaron el resultado esperado, las gratificaciones por cabelleras se mantuvieron durante dos décadas más y las recompensas de 100 pesos que iniciaron en 1835 se elevaron a 150 en 1850, quince años después. 

Para la década de 1860, al parecer las gratificaciones disminuyeron a cien pesos por cabellera o indio apache presentado prisionero. Como registra el diario oficial La Estrella de Occidente en su número del 6 de diciembre de 1867, que comunicó la presentación ante autoridades del distrito de Ures, de un varón apache tomado prisionero por el vecino Jesus Martinez. Se informaba que al tiempo de su presentación, se había librado una orden a la Jefatura de Hacienda, para el pago de la gratificación correspondiente de cien pesos. En relación al número de cabelleras obtenidas durante este año, en las notas del diario sólo se registró una, presentada a las autoridades durante el mes de octubre por miembros de la guardia nacional, que tras perseguir a una partida de apaches en el distrito de Moctezuma, lograron dar muerte a uno de ellos y represar el ganado robado.

A finales de 1867 el diario El Pueblo señalaba que las gratificaciones por cabelleras no daban resultado debido a la desconfianza de los ciudadanos sobre su pago oportuno, por la escasez de recursos del erario estatal; proponía que dejase de gastarse el escaso presupuesto en el mantenimiento de las compañías presidiales, que a su parecer no rendían frutos en el combate a los apaches, y se aumentaran las gratificaciones por cabelleras, lo cual estimularía la participación de la población. El diario oficial respondió que no se podía tener certeza de que los apaches serían aniquilados si se aumentaba el precio por sus cueros cabelludos; no se podía culpar a la falta de presupuesto del gobierno para pagar las gratificaciones del bajo número de cabelleras obtenidas, más bien se le debería atribuir a la poca perseverancia mostrada por los vecinos al perseguir apaches o al poco espíritu de asociación que tenía la población del estado.

Para 1870 las incursiones apaches en Sonora no habían cesado; por el contrario, en esta década se registró un aumento del número de muertes de vecinos atribuidas a los apaches. Lo anterior sugiere que las incursiones estaban incrementando en número o intensidad; por tanto, no resulta extraño que las recompensas aumentaran pagándose doscientos y posteriormente trescientos pesos por cuero cabelludo. Los fondos para el pago de estas recompensas se obtuvieron de diversas fuentes, que incluyeron descuentos a los empleados gubernamentales, contribuciones de particulares, y un subsidio otorgado al estado de Sonora por el gobierno federal para el combate a los apaches, entre otras. 

Con el apoyo del gobierno de la república, el 23 de septiembre de 1870 el diario oficial La Estrella de Occidente anunció el aumento a 300 pesos de las gratificaciones por cabellera apache presentada. En su Memoria del Estado de la Administración Pública del año 1870, el gobernador Pesqueira señaló que la "devastadora cuanto permanente guerra de los salvajes" y el poco éxito de las partidas, sobre quienes recaían las labores defensivas, había hecho necesario mantener la compensación de doscientos pesos por cabellera apache presentada a la autoridad, a fin de estimular el levantamiento de fuerzas voluntarias. Se había advertido que esta gratificación no era "bastante estímulo para esta empresa", por lo que se dispuso que éstas aumentaran a trescientos pesos. Los fondos para cubrir estos gastos provenían de las mismas fuentes antes enumeradas.

Estos estímulos económicos no surtieron el efecto esperado, pues en el año de 1870, aproximadamente 105 personas fueron muertas por los apaches en el estado, 29 heridas y cinco tomadas cautivas; en contraparte sólo diez apaches fueron muertos por fuerzas sonorenses y nueve cabelleras canjeadas por gratificaciones a lo largo del año, según los reportes reproducidos en el diario oficial. 

Cómo lo habían hecho en el pasado, los pápagos tuvieron una activa participación auxiliando al gobierno de la entidad en el combate a los apaches a cambio de recompensas por cabelleras, conservar parte del botín represado y residir en paz en Sonora. 

En mayo de 1871, acompañados por algunos integrantes de la Guardia Nacional, cerca de Arivaipa en territorio estadounidense, los pápagos se enfrentaron a los apaches a quienes derrotaron, tomaron 21 prisioneros y mataron a más de cien.

Ramón Corral señaló que los pápagos presentaron las cabelleras de sus víctimas para el cobro de las gratificaciones; pero resulta difícil creer que el gobierno estatal contara con los recursos suficientes para hacer un gasto de esta magnitud. El mismo autor menciona que en 1883 aún se presentaron cabelleras a las autoridades sonorenses, con el fin de cobrar la gratificación correspondiente.

La devastación causada por los atapascanos en las vidas y bienes de los sonorenses durante más de medio siglo fue enorme, en comparación con el bajo número de cabelleras obtenidas por los sonorenses, en un lapso de más de cincuenta años. 

Pese a algunos resultados sobresalientes al hacer frente a los apaches, definitivamente éstos llevaron la ventaja en el conflicto con los sonorenses, y el deseo de estos últimos de exterminar a su enemigo, al poner precio a sus cabezas, estuvo lejos de materializarse. 

Decir que las incursiones de los atapascanos en el estado de Sonora afectaron la demografía y entorpecieron el desarrollo de las actividades económicas: contribuyeron a la baja de población por migración, rapto o muerte de los vecinos y ocasionaron el abandono total o parcial de algunos asentamientos a lo largo de la región fronteriza con los Estados Unidos; dañaron la ganadería por los constantes robos; la inseguridad provocada por sus ataques afectó la actividad minera, agrícola y comercial; y propiciaron un clima de zozobra en el que se desarrolló la vida cotidiana de los pobladores de la entidad, sobre todo en la región del norte y centro de la entidad. 

Por lo que intentar resolver el conflicto apache fue, durante el siglo XIX, una de las principales preocupaciones del gobierno sonorense. La inestabilidad política, social y económica de las primeras décadas luego de obtenida la independencia nacional en 1821 y la falta de recursos materiales para la defensa influyeron para que los apaches realizaran incursiones a gran escala en territorio sonorense. 

Los ataques de los atapascanos pusieron en evidencia la falta de recursos para hacerles frente, así como la insuficiencia del ejército regular y la incapacidad de las autoridades para brindar seguridad a los habitantes. Sin menospreciar la tradición de ciudadanos armados y la experiencia de los vecinos en el combate a los indios hostiles, no constituían un ejército profesional, ya que combinaban las actividades de defensa con sus tareas laborales cotidianas y en ocasiones dejaban a sus familias desprotegidas para salir a campaña. La falta de armas fue un factor primordial que impidió hacer frente con éxito a los apaches que eran surtidos por comerciantes estadounidenses en armas modernas y parque. 

Los ataques de los atapascanos afectaron, pero no paralizaron la vida cotidiana ni las actividades económicas en la entidad, pues esto hubiera supuesto acabar con una fuente de suministros y cautivos para las bandas apaches, de las que algunos integrantes señalaron que no acababan con los mexicanos para que siguieran criando ganado para ellos. Ante las continuas incursiones, autoridades y vecinos sonorenses desplegaron, a lo largo del siglo XIX, una gama de prácticas y políticas para hacer frente al conflicto con los apaches. Los vecinos participaron organizados en las unidades locales de la Guardia Nacional. Los propietarios grandes y medianos financiaban las acciones de guerra mediante contribuciones o préstamos forzosos. 

El gobierno estatal tomó medidas para buscar solución al conflicto con los apaches: deportarlos, establecer alianzas con los pápagos y los ópatas para combatirlos, ofrecer gratificaciones por apache muerto, retribuir con la saca a quienes represaran botín a los atapascanos, permitir a los perseguidores conservar a mujeres y niños apaches capturados, realizar campañas ofensivas en sus refugios, como Arivaipa en Arizona y Janos en Chihuahua, por mencionar algunas. Diversas medidas se sucedieron, reportando éxitos parciales, pero las incursiones permanecieron intermitentes a lo largo de prácticamente todo el siglo XIX. 

La toma de cabelleras fue una práctica difusa, ningún grupo tuvo su monopolio, y estuvo directamente relacionada con la actividad guerrera y la venganza del lado de los atapascanos y otros grupos nativo americanos. Algunos integrantes de estos grupos nativos acudieron al llamado de los gobiernos fronterizos para combatir a los apaches, atraídos por las recompensas ofrecidas. En el caso del estado de Sonora, el odio y el deseo manifiesto del gobierno de exterminar al apache entraron en juego al aplicar esta medida, pero escalpar no revistió el simbolismo ni los significados que la acompañaban del lado de los atapascanos, obedeció sobre todo a razones prácticas, pues era más sencillo presentar una cabellera que transportar un cuerpo o una cabeza como prueba de haber dado muerte a un apache. 

Las gratificaciones por cabelleras abrieron una nueva etapa en las relaciones entre apaches y sonorenses, caracterizada por un aumento en los niveles de odio y violencia, sobre todo del lado atapascano, no sólo por la alta estima en que tenían la vida de su gente, sino porque la mutilación de un apache era infinitamente peor que la muerte, ya que el apache transcurría la eternidad en esta condición. Se podría entender la política de ofrecer recompensas a particulares nacionales, pero sobre todo extranjeros, como un intento por combatir fuego con fuego. Los apaches estaban bien armados y municionados y las bandas de mercenarios foráneos también, mientras los pobladores de Sonora carecían de recursos para su defensa. 

Pese a que inicialmente sus actividades reportaron algunos éxitos en materia de caza de cabelleras, la región fronteriza era un entorno que cambiaba constantemente, al grado que algunos cazadores extranjeros de cabelleras, como Kirker y Glanton, terminaron con precio sobre sus propias cabezas fijado por las autoridades locales. 

La política del gobierno sonorense de pagar recompensas por cabelleras apaches encontró en el discurso de guerra y el imaginario social, anclados ambos en la experiencia del conflicto apache y la idea de la frontera de guerra, justificación que llevó a los pobladores a aceptar esta práctica, lejos de repudiarla. Esta medida se inserta dentro de una política de mano dura adoptada por las autoridades sonorenses, que buscaban la subyugación o exterminio de los apaches. Esta táctica para acabar con el apache no tuvo éxito, aun así permaneció en vigor medio siglo, tanto como el discurso del gobierno sonorense mantuvo la postura de que el exterminio era la solución al conflicto apache. 

La confluencia de los ejércitos regulares de México y de los Estados Unidos en la frontera de Sonora con Arizona puso fin a la práctica de escalpar. No volvió a ocurrir que alguna autoridad local ofreciera gratificaciones por cabelleras. Los convenios anuales para el paso recíproco de tropas que perseguían a indios hostiles, fueron algunas de las medidas que contribuyeron a que cesaran las incursiones de nómadas independientes a Sonora. 

En este contexto, el jefe chiricahua Gerónimo se entregó al ejército estadounidense en septiembre de 1886, poniendo fin a la época de las incursiones apaches a Sonora.

Evidentemente, me he quedado sin palabras. Sin comentarios.

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