lunes, 15 de febrero de 2021

Infierno en el Pacífico



Hay películas que requieren de muchos actores y actrices para contar una historia. Hay otras, como La prueba de Mankiewitch que cuenta únicamente con dos, pero al ser los que son, Lawrence Olivier y Michael Caine, son capaces de mantener con su saber estar y con su presencia, todo la película. 

Este es el caso de Infierno en el Pacífico, una buena muestra de cómo la esencia del cine reside en ocasiones en lo más básico, un par de magnífico actores, algo que contar, no necesariamente basado en diálogos, una serie de imágenes impactantes, desde un amanecer, hasta el desplazamiento por la selva o el mar, y una banda sonora del bonaerense Lalo Schifrin que suple la falta de comunicación entre los dos únicos protagonistas de la historia que asumen un duelo interpretativo de altura. 

Infierno en el Pacífico está basada en un relato de Reuben Bercovitch y fue rodada por John Boorman, uno de los directores que he seguido desde que lo conocí con Excalibur, que me deslumbró con Deliverance y del que alabé tras disfrutar La selva esmeralda, una historia que hoy posiblemente no pasara por los dictados de la nueva Inquisición de lo políticamente correcto. 


El rodaje de Boorman, que hoy cuenta con 88 años,  en esta película del año 1968 se centró en una antigua colonia española en el Pacífico, en las islas Palaos. 

La película es una producción de Reuben Bercovitch, Henry G. Saperstein y Selig J. Seligman para la productora ABC- una productora vinculada con el canal televisivo estadounidense y que sigue lo escrito por Alexander Jacobs y Eric Bercovici o Bercovitch.

En otro apartados técnicos aparece Lynda Armstrong como responsable del maquillaje, Conrad Hall en la fotografía, Mark Day en la edición y Jamie McPhee en los efectos especiales.

El elenco lo forma únicamente dos personas, Lee Marvin como el piloto estadounidense y Toshirō Mifune como el capitán Tsuruhiko Kuroda. 

La historia es bien simple, aunque a su vez tiene su complejidad. Tras un amanecer en el horizonte del Oceáno Pacífico descubrimos a un militar japonés, el capitán Tsuruhiko Kuroda (Toshirō Mifune), un una pequeña isla del Pacífico, rodeada por un arrecife de coral. No sabemos nada de él. Desconocemos cómo llegó a la isla, ¿naufragó? ¿fue dejado como responsable de su custodia?... 

Lo que sí sabemos es que es una isla desierta del Pacífico y que lleva tiempo en la misma como deducimos por la marmita de agua potable que tiene, utilizando para ello una base de cuero, así como las redes - más bien nasas- que usa para capturar peces con los que se alimenta. Como única arma de ataque tiene un palo que simular una espada samurai.


Hasta el momento ha estado sólo, pero ese día mientras mira por sus prismáticos descubre que hay resto de una balsa neumática amarilla en la costa. Casi de inmediato descubre que hay otro naufrago, esta vez un oficial del ejército norteamericano (Lee Marvin). 


Tras descubrirse mutuamente, para horror de uno y de otro que se imaginan morir a manos del enemigo, comienza una lucha entre ambos por acaparar los recursos de supervivencia básicos como el agua o, más tarde, el pescado.

Tras tensionarse entre uno y otro, ocultándose, y llegando a orinarse uno sobre el otro, el estadounidense sobre el japonés, éste hace prisionero al estadounidense (aunque después el americano lo hace con el asiático llegando hasta la humillación y al maltrato del uno sobre el otro. 


Sin embargo, en la soledad de la isla  al final el roce hace el cariño y poco a poco comienza una colaboración simbiótica entre ambos, con el fin de construir una balsa de bambú que les permita volver a la civilización. 


A partir de ese momento, el antagonismo de los dos hombres se irá convirtiendo en camaradería, y de tesón que le permite salir de la frontera del arrecife de coral hasta llegar a mar abierta. Inician así una odisea en la balsa, una aventura marítima. 


Cuando la aventura parece llegar a su fin, descubren en verde archipiélago. Nada más llegar descubren que el mismo ha sido base japonesa, pero también descubrimos que los americanos han arrasado con todo. Sin embargo, cuando llegan les une una gran amistad como comprobamos que ambos intentan proteger  a su compañero de las posibles represalias de sus aliados. El respeto que ambos se guardan, a su forma de ser, a sus costumbres o a sus canciones, está conseguido. 

Por los edificios destrozados y abandonados ellos encuentran tabaco, sake, ropa y revistas. Se afeitan Tras cenar de forma normalizada y beber una buena cantidad de sake.


Cuando se afeitan, se visten con ropa nueva y se emborrachan juntos, pero las imágenes de la guerra en la revista Life hace que resurgan los antiguos rencores esta claro que el primer contacto con el mundo civilizado destruirá inevitablemente ese vínculo.

El desenlace original de Boorman parece que mostraba a los dos contendientes rompiendo la tregua que habían iniciado. Volvía a resurgir la tensión inicial y, antes de que les viéramos en el enfrentamiento definitivo, el film terminaba con un fundido a negro. 

Sin  embargo en la versión que se estrenó acaba con un plano extra descontextualizado en que vemos una explosión supuestamente provocada por un bombardeo que mataría a los dos protagonistas.

Precisamente este final fue de gran polémica pues se muestra abrupto, que nos deja algo tanto desconcertado. Ese final fue impuesto por el estudio 

El director John Boorman abordó con Infierno en el Pacífico un arriesgado proyecto (dado el contexto lingüístico que imponía el guion) como el que suponía realizar este largometraje con sólo dos personajes y sin apenas diálogos debido a la barrera del idioma. 

La película se formula como una suma episodios de drama y suspense, subrayando el papel del enfrentamiento absurdo entre dos personas con personalidades absolutamente contrapuestas, pero que han de enfrentarse a un objetivo común: la supervivencia.


La película se apoya en las sólidas interpretaciones de dos grandes actores, Toshirō Mifune y Lee Marvin  y en la plasticidad de la excelente fotografía y los escenarios naturales de la isla. 

Infierno en el Pacífico es una película con una historia lenta, pero convertida hoy en un clásico bélico y digna de verse por la reflexión implícita sobre la intrincada naturaleza humana que se sobrepone a las vicisitudes de la guerra. 

Fausto Fernández en Twitter señala que "No sólo la guerra, sino el odio como pulsión primigenia y primordial del ser humano, como eje del enfrentamiento, llevado hasta la abstracción y el absurdo por John Boorman, de Lee Marvin y Toshiro Mifune en INFIERNO EN EL PACÍFICO ".


En ABC Play se dice que es una "Estimable producción a cargo del siempre sorprendente John Boorman en la que dos soldados de bandos diferentes deben aprender a convivir en una isla desierta. Siendo una de las primeras películas de su director, "Infierno en el Pacífico" se plantea como una bella metáfora sobre la guerra y sobre la amistad, sostenida por el excelente trabajo de sus dos únicos intérpretes, el estadounidense Lee Marvin y el japonés Toshiro Mifune. Ayuda en la creación de ambientes la acertada música de Lalo Schifrin. 

La cinta fue muy bien recibida por la crítica, y con el tiempo ha acabado convirtiéndose en un pequeño clásico, hasta el punto de que años después el alemán Wolfgang Petersen dirigiría una revisión ambientada en el futuro, Enemy Mine (1985), con un humano y un extraterrestre perdidos en un planeta desierto. 



A destacar su fotografía  extraordinaria que combina planos cortos y los planos generales de las islas maravillosos y el trabajo de los dos actores Toshiro Mifune que fallecía en 1997, mientras su compañero en pantalla, Lee Marvin, lo había hecho 10 años antes,  en 1987.

La tensión de la película se centra en el terreno psicológico: la incomodidad , el miedo, la tensión que va surgiendo al saber de la presencia del otro y siendo conocedores de que ambos se enfrentarán antes o después , el recelo ante lo desconocido, una lengua , una cultura como la del japonés y su humana posición defendiendo lo que es suyo por no querer compartir su agua y la necesidad imperiosa del americano por conseguirla por las buenas o las malas. 


El único enfrentamiento directo que hay lo provoca el americano haciendo ruidos insoportables hasta volver loco al nipón, pero en ningún momento llegan a enfrentarse directamente. Mejor esa guerra que otra. 



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