sábado, 2 de febrero de 2013

Stalingrado en el recuerdo


Estamos en la semana del recordatorio de la batalla de Stalingrado. Y comento ahora una película que pude ver en su momento en el año 1993 en el cine Santa Rosa. No la había vuelto a ver desde entonces. La película sigue respondiendo a aquello que pensé tras verla: es un canto al pacifismo desde el horror más absoluto y desde el entorno más cruel que ha sufrido la humanidad a lo largo de su historia, en la posiblemente batalla más cruel de la historia de la humanidad: Stalingrado. 

Stalingrado (Stalingrad) es una película bélica, dirigida por Joseph Vilsmaier y estrenada en 1993. La película fue una producción alemana en la que participan como productoras Royal Film, Bavaria Film, B.A. Produktion, Perathon Film - und Fernsehproduktions GmbH. El diseño de producción estuvo en manos de Jindrich Götz y Wolfgang Hundhammer con Hanno Huth y Günter Rohrbach. Se inviertió en la película 20.000.000 marcos. El guión fue redactado por Christoph Fromm (autor del guión original), Johannes Heide, Joseph Vilsmaier, Jürgen Büscher. La distribución de la película fue realizada por la Senator Film Alemania y la Strand Releasing para los EE.UU., aunque en España lo hará la distribuidora Araba Films.
Los efectos especiales visibles especialmente en las dos batallas relatadas, la de la fábrica y contra los tanques fueron encargados a Daniel Braun Schweig, Gerhard Neumeier, Helmut Hribernigg, Jaroslav Kolman, Jirí Berger, Karl Baumgartner, Karl- Heinz Bochnig, Lasse Sorsa, Ludek Smolik, Martin Kulhánek, Roman Tudzaroff, Uda Kötting, Václav Kuba. 
La fotografía estuvo controlada por Klaus Moderegger, Peter von Haller, Rolf Greim, aunque en filmaffinity se nombra igualmente al director. La labor de maquillaje correspondió especialmente al equipo checo formado por Alena Sedova, Frantisek Havlicek, Frantisek Pilny, Heiner Niehues, Jirí Farkas, Paul Schmidt, Ruth Philipp, Sylvia Leins, Zdenka Klika. El montaje fue obra de Hannes Nikel, mientras que la música fue compuesta por Enjott (Norbert J) Schneider, reseñable la música del final. El sonido otro aspecto relevante de la película fue de Abi y Andreas Schneider. La producción ejecutiva fue de Joseph Vilsmaier, Mark Damon, Michael Krohne. 
El reparto estuvo formado por Dominique Horwitz (Fritz Reiser), Thomas Kretschmann ( Hans von Witzland), Jochen Nickel (Manfred Rohleder 'Rollo'), Dana Vavrova (Irina), Martin Benrath (General Hentz), Sebastian Rudolph (Gege o soldado Müller). Además de ellos participan Sylvester Groth, Karel Hermánek, Heinz Emigholz, Ferdinand Schuster, Oliver Broumis, Dieter Okras, Zdenek Vencl, Mark Kuhn. 
Este filme de 134 minutos fue grabado en diferentes localizaciones de Alemania, concretamente en Baviera , en la Bavaria Filmstudios de Geiselgasteig (Grünwald). Además rodarán en la Riviera Italiana (en Cervo, que no en Porto Cervo como dice la película – que está en Cerdeña-), en las localidades de Kajaani, y Kemijärvi (ambas en Finlandia), y en la República Checa , en Kurivody (Ceská Lípa District) y Praga (República Checa, aunque cuando filman la película 1992, era todavía Checoeslovaquia). 
El filme muestra el horror del combate en el Frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial. Empieza en la Riviera italiana, finales de 1942. Un grupo de soldados alemanes entre los que se encuentran el argento Rollo, el cabo Reiser, recién llegados de la batalla del Alamein, disfrutan de unos días de descanso. Durante su estancia en la Liguria, uno se han enamorado y otros se han relajado.

Todos se han despedido de su teniente, herido en su intervención con el Africa Korps. Antes de ser enviados le entregan el mando a un nuevo teniente, un joven inexperto de la pequeña nobleza posiblemente Prusia o bávara. En el momento de la entrega del mando vemos la personalidad de algunos de sus subordinados, especialmente del sargento “Rollo”. Rollo y Reiser se nos presentan alegres , bañándose y disfrutando del cálido sol del mar Mediterráneo. Dos de ellos, el sargento Rollo y el cabo Reiser van a ser condecorados ante todo el regimiento. Pero frente al deseo de paz, en la escena siguiente, en contraste, se muestra la rectitud, marcialidad y fría idiosincrasia del alma militar. Sin embargo, los dos que van a ser condecorados se presentan tarde y el sargento Rollo no recibe su condecoración , pues como le echa en cara su nuevo oficial superior, el teniente Von Witland a Rollo “Los héroes jamás llegan tarde ” además por no llevar el uniforme reglamentario pertinente. 

Tras salir de Italia por vía férrea, lo volvemos a encontrar al grupo en un vagón con destino al frente ruso encaminándose a la conquista del Cáucaso. El teniente ha elegido viajar en el mismo vagón que la tropa. Escribe una carta a su mujer. Escuchamos su voz en off en la que voz valora la valentía de sus hombres y, a su vez, en una distinción clasista, le advierte que a ella no le gustarían debido a su mal olor . En la carta señala que su pelotón es su familia, aunque eso no evita saber que él está al mando y hay tirantez entre Rollo y él (a causa de su condición de oficial). Aún así, en la escena se percibe un optimismo latente. Su destino del vagón y los soldados es combatir en la batalla que se convertirá en una de las más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial: la Batalla de Stalingrado. 
Ellos de todas formas piensan que la victoria final parece ser cuestión de tiempo. Un soldado prusiano , por ejemplo, que viaja en el mismo vagón, expresa en voz alta que en tres días tomarán la ciudad que lleva el nombre de Stalin. En esta escena se revela el éxito de la propaganda del régimen nazi. Rollo y Reiser se refieren a la extensa campiña rusa. El primero expresa sus sueños de que, en cuanto concluya la guerra, tendrá derecho “ a lo que pida ”, tierras, una casa y campesinos que trabajen para él. Reiser no piensa igual, pero no hay duda de que codifican lo que muchos soldados bebieron a su alrededor a la hora de sentirse una nueva raza de señores, frente a los incultos eslavos como mano de obra “semiesclava”. 
De inmediato la siguiente escena nos lleva a un escenario diferente. La llegada de este grupo de soldados a Stalingrado. Tienen ante sí un escenario lúgubre, lluvioso y con la  visión de sus camaradas heridos, tumbados en el suelo, hacinados, sucios y mugrientos, sufriendo en silencio con sus graves heridas mientras a guardan a ser llevados a la retaguardia. Así, la visión desnuda de la guerra se presenta nada agradable en el primer contacto con su realidad, además de la brutalidad presencia al teniente y el primer encuentro con el capitán Haller. 
La impronta aparentemente social del nazismo - al menos, en sus discursos y que cala en algunos soldados como los que van en el tren-  se destacará cuando lleguen a la ciudad y asistan a una misa de campaña. Aquí vemos a un capellán situado a cielo abierto, frente a la tropa y los altos mandos, que les exhorta a cumplir con la misión de defensores de la civilización. 

Es este discurso se aprecia con claridad meridiana: “Dios con nosotros. Esto está escrito en la hebilla del cinturón del soldado alemán, si, Dios está con nosotros, porque no existe una labor más hermosa que la de defender a ultranza los valores occidentales, valores humanistas cristianos contra el bolchevismo del este. Por esa razón, el soldado alemán, al contrario del bolchevique, en cuya hebilla no hay sitio para Dios, nunca está solo, aunque esté lejos de su patria combatiendo en tierras enemigas” . 

No se luchaba , por tanto, en una contienda corriente sino que era una guerra de supervivencia contra el denostado comunismo, así, “las confesiones más importantes se unieron contra el enemigo común”.
Allí son grupo de asalto germano, la punta de lanza de la poderosa Wehrmacht para doblegar la enconada resistencia que están llevando cabo los soviéticos en toda la ciudad. Han de tomar casa para casa, piedra a piedra una urbe arrasada por los constantes bombardeos de la artillería y la aviación. 
Una vez llegado al escenario real de la guerra, este grupo de soldados cohesionados por la camaradería y dirigidos por un aristocrático e inexperto oficial el Teniente Hans Von Witzland – que da muestra de su personalidad solidaria y respetuosa con el enemigo- es enviado a combatir en guerrillas al interior de Stalingrado donde conocen el temple del enemigo al que enfrentan, - muchos de ellos son solo niños-. 
El grupo participa en la toma de una fábrica en la que resisten los rusos. Su objetivo es avanzar por una zona descubierta, batid a por un nido de ametralladoras y tomar un inmueble. Se les da la orden de mantener silencio para acercarse a las posiciones enemigas y sorprender a los defensores. Pero a uno de los soldados se le dispara accidentalmente el arma. Entonces, cae sobre ellos un infierno de fuego. El avance es detenido. 

El comandante le pide al mismo soldado al que se le ha disparado el arma que redima su anterior acción y destruya la posición enemiga que les tiene bloqueados. Para ello, escuchamos como el oficial le extorsiona diciéndole que así podrá escribir a su esposa contándole su heroicidad. Sin embargo, la misión es suicida y el teniente presente entiende que su superior está sacrificando la vida de un hombre con alevosía. Y aunque el soldado , autosugestionado, se lanza hacia la posición enemiga y consigue destruirla , cae abatido . Ahí apreciamos como el teniente sufre el impacto de ver que su código militar se resquebraja: los hombres no dejan de ser carne de cañón. Y frente a la idea tradicional del militar- caballero que actúa con honor , siente el desgarro de saber que aquel soldado ha muerto como un peón sin valor . El regimiento de Rollo y Reiser se enfrentan al horror de unos combates en los que los soldados han de padecer la parálisis del miedo y del horror hasta que logran su objetivo de alcanzar y apoderarse de un bloque de casas. La lucha es brutal y deja secuelas en todos ellos. Temor, dudas, inseguridad, angustia, llantos, recelo, incluso culpa, todos estos sentimientos se reflejan como en un espejo en cada uno de los soldados. El veterano Reiser, por ejemplo, al ver que un imberbe compañero no es capaz de controlar su miedo, le quita la chapa de identificación. Con ello expresa su desprecio, dándole, simbólicamente, por muerto. 
La acción ha terminado. Los soldados se recuperan. En un momento de descanso, tras el fragor de la encarnizada lucha por las ruinas de la ciudad, vemos a los miembros del batallón del teniente relajad os, tumbados o escuchando las noticias en la radio. El joven Muller, por ejemplo, aún padece la tensión del combate pues “era común que después de la matanza los hombres fueran incapaces de comer o dormir”. Sus compañeros le ayudan para que se recupere del shock. Es el momento en que los veteranos pueden ser paternales con ellos. En la radio se retransmite un discurso del Führer donde exclama que no quiere un nuevo Verdún. Mientras escuchan, se nos presentan a unos hombres normales que tienen sueños y aspiraciones truncadas por la conflagración. 

Uno afirma que tras la guerra será delantero de fútbol. Otro, tras recibir la ansiada correspondencia, se preocupa porque su esposa le comunica que le han robado en su granja. Rollo, por el contrario, recibe una carta de su mujer en la que le confiesa que mantiene una relación con un prisionero francés. Su reacción es amarga y desquiciada, tanto sacrificio para esto. La guerra en su vertiente oculta no esconde los problemas de las personas sino que los agrava. 
El respeto por el contrario nace en el momento en que la lucha se ve como un igual en el sufrimiento. Así, esa noche, uno de los soldados alemanes dispara a unos soldados soviéticos que pretenden recoger a sus muertos y heridos, rompiendo así unas reglas no escritas. Muchos soldados alemanes creían en la misión de cumplir con su deber actuando así. El teniente le ordena dejar de disparar y pacta con los soviéticos un alto el fuego ilegal para hacer lo mismo. La mutua desconfianza ejemplifica la áspera realidad de una guerra sin concesiones. Pero el teniente todavía sostiene el ideal de caballero - soldado. El teniente y Fritz salen al descubierto y se cruzan con una pareja de soviéticos. No están lejos unos de otros. Rebuscando entre los bolsillos de un camarada caído , un soviético halla unos trozos de tocino. Fritz se los intercambia por un poco de pan. Este sencillo gesto le hermana en el padecimiento y las penurias que viven al margen de todo. 

No debemos olvidar que “los combatientes en primera línea expresaban respeto por sus adversarios, incluso al punto de llegar a fraternizar con ellos” En otro momento a destacar, el teniente hace una batida por los subterráneos y cloacas del interior de la ciudad. 
Aparte de esa guerra a cielo abierto, aunque sea entre ruinas , la defensa de la ciudad también vino a desarrollarse bajo el subsuelo. Los soviéticos se filtraban por la retaguardia alemana a través de túneles y pasadizos. Allí se refugiaban del fuego graneado de la artillería o la Luftwaffe. Estamos ante la “Rattenkrieg”. 
El teniente acaba separándose de su grupo y desorientado en ese laberinto de galerías, encontrándose con una pareja de soldados soviéticos . Al hombre le mata y a la mujer que va con él la hace prisionera para que le sirva de guía. Finalmente, la mujer, en un momento dado, logra zafarse y huir. El filme, también, aborda el tema de la situación de la población civil rusa en la ciudad sitiada. Parecía impensable que tras el intenso bombardeo alguien pudiera sobrevivir a tamaña tormenta de fuego y violencia entre las ruinas. Así fue. Cuando el teniente y varios de sus hombres se internan por el alcantarillado, se topan con una mujer y sus tres hijos. Sobreviven como pueden, respetados por los soldados alemanes ante su situación indigente.
Finalmente, cuando uno de ellos cae herido en un enfrentamiento, acuden a la enfermería. Tienen que esperar a ser atendidos porque hay otros cientos de heridos que aguardan su turno. Sin embargo, desesperados, apuntan con un arma a un sanitario para que intente que su camarada herido sea atendido por la fuerza en un hospital de campaña. Esto viola el reglamento lo que lleva a que un odioso capitán les arreste en el momento en el que comienza el cerco de la ciudad, tras haber roto las líneas las tropas soviéticas. 
Todos son degradados y conducidos a un batallón de castigo o disciplinario donde han de desactivar minas y bombas. Eso en un contexto nuevo y terrible: los soviéticos acaban de romper las líneas italianas y rumanas y da comienzo, es el 24 de noviembre, el cerco de las tropas situadas en la ciudad y en sus aledaños. Un compañero de armas les tratará con desprecio y les tirará el pan de vital sustento al suelo, como si fuesen animales. Formar parte de un pelotón de castigo excluye tratarlos como personas. 

Un buen día, un comandante les reclama para defender un puesto avanzado. Si se presentan voluntarios se les restituirán sus honores como soldados. Y aceptan. Luego son enviados en una misión suicida para contener una rotura del cerco teniendo cargo de un cañón pak antitanque que deben transportarlos ellos mismos a través de la nieve con viento blanco golpeándoles sus rostros y formar un perímetro defensivo en la primera línea de combate, el hambre, el frío son sus constantes compañeros, muchos de ellos se desalientan y se entregan a la muerte blanca. Un violento combate con un grupo de tanques T-34  no se deja esperar y con mucho sacrificio y con pérdidas terribles humanas vencen, gracias al cañón y sus valientes sirvientes. La lucha es desigual, hambrientos y helados han de enfrentarse a un asalto comandado por varios blindados que acaba con la vida de muchos de ellos. La construcción visual es salvaje y la fiereza del combate se muestra sin pudor con los cuerpos destrozados por las balas y los obuses de los tanques. 
Los sobrevivientes son restituidos a un batallón de asalto y son puestos bajo las órdenes del capitán Haller. Un grupo de pobladores son capturados, algunos de ellos solo niños y son sentenciados a ser fusilados como presuntos partisanos mediante la orden del sádico y humillante capitán Haller. Éste convoca a los protagonistas supervivientes para que formen un pelotón de fusilamiento. Fritz se revela ante la orden, ya que se encuentra con que entre ese grupo está un niño ruso con el que han confraternizado antes . Sin embargo, se ve en la obligación de disparar. Tiene que cumplir la orden de su superior, de lo contrario, él mismo tendrá que sufrir las consecuencias. Esta situación plantea el debate entre la necesidad de cumplir con el deber y la conciencia humana. Y sintetiza la decisión de tener que cargar con la moral de haber disparado al inocente muchacho. 

Tras esto el silencio y el frío, que puede con todo. El cerco soviético se estrecha y varios de los protagonistas (el teniente, Reiser y el joven Müller ) toman la decisión de acercarse al aeropuerto, la última vía de escape de la ciudad cercada, como era el pequeño aeródromo de Stalingradski tras la caída del principal, Pitommik, el 16 de enero, haciéndose pasar por heridos para ser sacados de la bolsa. Rollo se queda atrás, consumido por el frío y el hambre en un refugio de madera. Consiguen pasar el primer control médico que selecciona a los heridos graves que debían ser enviados a la retaguardia (algunos vemos que se autolesionaban haciéndose heridas para escapar) pero no logran trepar al transporte. Tienen preferencia sobre los heridos los oficiales que son retirados del frente ante la inminente derrota alemana. Pero, desgraciadamente, aunque logran pasar la barrera sanitaria, despega - aunque intentan alguno montarse al mimo- el último avión que sella el destino final del cerco. En una secuencia que transcurre en plena oscuridad, se muestra a cientos de heridos al aire libre , que soportan las heladoras condiciones del invierno y miran impotentes como un grupo de oficiales se les adelantan, “provistos de pases, aquella tropa de selección se filtró entre los heridos, que los contemplaban con cierta hostilidad”. Así, “los heridos leves y los enfermos fingidos [como los protagonistas ], que se asemejaban a una horda de mendigos harapientos, trataban de acercarse al avión cuando aterrizaba, en un intento de abordarlo”. Quedan abandonados a su suerte. 
Las promesas de Goering de que la ciudad podría abastecerse por aire, impidiendo la posibilidad de una ruptura del cerco, condenaron a miles de soldados a una muerte atroz. La moral, en general, se mantuvo alta dentro del VI Ejército y la denominada “Fortaleza de Stalingrado”, ante la creencia de que el cerco se levantaría en pocas semanas. Sin embargo, la realidad lleva a la desilusión, y a “la desilusión patriótica también predisponía a los hombres al derrumbe emocional” , como le sucede a Rollo que se queda en el refugio, consumido por la enfermedad y el infortunio. 
Pero el sargento, el cabo y el teniente tras retornar de este vano intento de escapar, y sobrevivir a la refriega, se refugian en un búnker de madera, consumidos por el hambre y el frío el odioso capitán les amenaza con su pistola y un consejo de guerra por apoderarse de unas condecoraciones que acaban de ser lanzadas por la Luftwaffe, con un cargamento de condones, sal o pimienta o las mismas condecoraciones para alimentarse. Pero en ese instante sacan su rebeldía y acaban por matar al capitán, sin un asomo de piedad en sus ojos. se topan con el detestable capitán al que acaban matando, aunque este les confiesa antes de morir la situación de un almacén lleno de provisiones donde esconde ingentes cantidades de alimentos deshonestamente acaparados por oficiales de Intendencia. Hacía allí se encaminan. 

En la casa-almacén el grupo se encuentra con una esclava sexual del capitán, Irina. Es una joven rusa de origen alemán que sabe que será repudiada tanto por rusos por colaboracionista como por los alemanes, ya que no es aria. Irina, en principio puede ser un objeto sexual. Sin embargo, el grupo ha llegado sin ánimo ni esperanza. Y el teniente decide liberarla. Mientras Rollo decide salir con el comandante del almacén, desorientado y perdido se encuentra con un general que le espeta qué esta haciendo armado, puesto que el VI Ejército se ha rendido. 

Este gesto de desprecio ante la actitud del veterano expresa el fin del drama , sin ningún heroísmo como señala Igor Barrenetxea profesor de Historia Contemporánea en la Universidad del País Vasco y autor del artículo Stalingrado: Entre la historia, el cine y la memoria. 
Tras ello ella les propone sacarlos del cerco. En su intento los rusos disparan a Irina. Y los dos superviviente, el teniente y Fritz se desplazan en la más absoluta soledad. Esperan la muerte blanca que finalmente llega arropando a los dos. 

Pero la suerte de Stalingrado está decidida. Y la rendición es inminente ante la desesperación de la tropa. El 31 de enero de 1943 se rinde el mariscal de campo Von Paulus, sellando el destino de los algo más de 90 .000 soldados supervivientes. De los casi 91.000 supervivientes retornarán, años más tarde, únicamente unos 5 .000, tras pasar por las penurias de los campos de concentración soviéticos. Por ultimo señalar que la película está dedicada a todos los que sufrieron en esa batalla: rusos, alemanes, rumanos, italianos,… 

El filme se concibió para conmemorar el 50º aniversario de la batalla. Parece ser que este era un viejo proyecto ideado por Sergio Leone. Cuando en 1989 moría Sergio Leone, dejaba en proyecto la película “Stalingrado” que estaría basada en un libro de un periodista norteamericano y que pensaba contar con Robert De Niro. Joseph Vilsmaier, un director alemán que teniendo una filmografía aceptable, retomó el proyecto de Leone consiguiendo unos resultados más que aceptables. Y aunque la intención era hacer una serie acabó por llevarse directamente al cine. Su acogida por parte del público alemán fue excelente. 
Vilsmaier se aleja del típico enfoque de guerras de países y opta por las guerras sociales donde el enemigo son los superiores y no los ciudadanos del otro país. Para ello apostó por una magnífica ambientación, una buena fotografía y unas sólidas, pero correctas y  frías, interpretaciones por parte de los cinco últimos supervivientes como fueron Dominique Horwitz, Thomas Kretschmann, Jochen Nickel, , Martin Benrath, Sebastian Rudolph y de la rusa alemana , Dana Vavrova. 

La película bebe del espíritu antibelicista de “Senderos de Gloria” de Kubrick, o del narcisismo de los mandos de Peckinpah de “La cruz de hierro” o “El puente” de Wicki o “El submarino” de Petersen. Y en el filme se pasa de la euforia en el inicio de la incursión, truncada finalmente por la estabilización del frente gracias a la resistencia soviética, y el posterior envolvimiento por el ejércitos rojos, preludio de la última y definitiva derrota de los ejércitos alemanes en Stalingrado. 
Estamos ante un film bélico poco común, donde la aventura y el romance dejan paso al drama y el horror más absoluto, y la narración acelerada y frenética habitual en este tipo de cine se convierte en una estructura ascendente en la que el ritmo se manifiesta a través de la progresiva trasformación de los personajes, que dejan a un lado la historia que se cuenta para convertirse en la base de la película. Todo ello culminado por uno de los finales más soberbios y sobrecogedores de la historia del cine, en el cual el hombre encuentra la nada al concluir el camino de la locura. El plano final es sencillamente maravilloso, con los 2 soldados alemanes congelándose mientras hablaban del calor del desierto, una imagen que resume perfectamente las barbaries de la guerra. 
La sensibilidad que destila la película es sobrecogedora llena de espanto, horror, sangre, hambre, bombas y ruinas, todo ello bajo un cielo plomizo y con un protagonista que se encuentra presente en todo momento: el frío. Aquí es cuando vemos las escenas con más carga dramática, acompañadas de una banda sonora que complementa bien con la acción y de una fotografía que pasa del amarillo y dorado de Italia al frío metálico de la estepa nevada.
Obtuvo algunos reconocimientos sobre todo en Alemania , en los Bavarian Film Awards del año 1993, concretamente tres premios al mejor montaje (Hannes Nikel), la mejor fotografía (Joseph Vilsmaier) y mejor producción para Bob Arnold, Günter Rohrbach, Joseph Vilsmaier y Hanno Huth. Igualmente la película obtuvo una nominación en el Festival Internacional de Cine de Moscú para Joseph Vilsmaier, su director.

Hoy en el telediario han comentado que el presidente ruso, Vladimir Putin,  se había reunido con los supervivientes de aquella tragedia, heroica para unos, y determinante para otros. Eran señores mayores, setenta años, toda una vida para aquellos que vivieron la tragedia en una ciudad que pasó a la historia sangrienta de la humanidad,  y que hoy , por veinticuatro horas, ha vuelto a ser y a llamarse como se llamó: Stalingrado.

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