sábado, 28 de enero de 2012

¿Te gusta conducir?


Esta era la pregunta que nos hacía una marca de coches alemana hace unos años. Para mí la respuesta megativa siempre era y es la misma. No creo que el origen de mi respuesta se deba a que haces muchos años quer vi una película, la primera del realizador Steven Spielberg. El nombre de esta película era “El diablo sobre ruedas”. 
Anoche volví a verla y el filme volvía a transmitirme la inquietud y angustia que sentí cuando la vi por primera vez.
El diablo sobre ruedas, titulada originalmente "Duel" no estaba destinada a los cines, sino a la televisión. Se trataba por lo tanto de un inquietante telefilme estadounidense del género "thriller-road movie" del año 1971. Coo ya he dicho estaba dirigido por un desconocido Spielberg y protagonizado por Dennis Weaver, mi agente McCloud de la infancia. 

En los títulos de crédito también aparece Cary Loftin en uno de los papeles principales, pero como no sea el camionero, no sé quién es. La película esta basada en un relato corto de Richard Matheson, un gran novelista de ciencia-ficción - participa en episodio de "Twillingt zone"- y un gran guionista de terror. Matheson nos narra la inexplicable – bueno, viendo la gente que conduce y cómo conduce, no es inexplicable - persecución a la que se ve sometido un conductor de un automóvil por parte de un camionero desquiciado de un enorme camión cisterna. 

El personaje principal es David Mann (Dennis Weaver), un común hombre de negocios y de familia de clase media, que viaja con su coche, un Plymouth Valiant, por una zona desértica y aislada al sur de los Estados Unidos, cerca de la frontera con México. Para su desgracia en una carretera de doble vía adelanta a un viejo y oxidado camión cisterna que parece contener inflamables. 

Al adelantar el camión, el chófer de éste parece molestarse y lo vuelve adelantar a toda velocidad. La acción se repite en un par de ocasiones y este es eñ origen del conflicto. La razón: David ha hecho en realidad ha sido provocar la ira del peor conductor con el que se habría podido cruzar (si es que realmente es esto lo que enfurece al camionero). En un momento el conductor del camión le hace señas para rebasarlo y casi le provoca un accidente con un vehículo en contra. Lo que le espera a nuestro protagonista es el peor trayecto de su vida, donde su integridad física estará constantemente amenazada por el asfixiante acoso del diabólico camión. 

Mann intenta aumentar la distancia entre el camión y su vehículo y cuando casi lo logra casi se estrella en una verja de un café de carretera visibles en muchas películas. Los presentes en el bar creen – y vamos con toda razón, pues es lo que aparenta- que Mann no está en sus cabales. Mann va al baño y cuando se dispone a comer algo, se da cuenta que el camión esta fuera. Sin embargo, el conductor no está en el interior, entonces empieza a sospechar de cada uno de los parroquianos presentes. Se fija en varios por sus botas, lo único reconocible de un conductor al que no se le ve la cara. Confunde a uno de ellos con el chófer y cuando lo increpa provoca una reyerta al darle un manotazo a su bocadillo. Mann sale perdiendo de la pelea, y además descubre que ha cometido un error. Al salir en dirección al vehículo agresor, el camión bruscamente se pone en marcha y Mann no logra alcancarlo con una carrera. 
En una barrera ferroviaria activada para un convoy que está cruzando, el camionero sorprende a Mann por detrás y empuja al automóvil contra las vías en marcha con el objeto de que sea arrollado, Mann logra zafarse en el último momento. 

En un intento por llamar a la policía, Mann logra entrar a una caseta telefónica y cuando logra comunicarse, el camión embiste la caseta destruyendo todo a su paso, Mann logra escapar con su vehículo. Después de un rato la persecución se convierte en acoso y un auténtico duelo al sol entre el camionero y David Mann. 

Lo que aparenta ser un juego malintencionado realizado por el camionero al que nunca verá su rostro (Cary Loftin), se va convirtiendo en una e locura desquiciada trastocada en un enfrentamiento a vida o muerte entre ambos conductores, así a lo largo de kilómetros y kilómetros de carreteras solitarias jugando al gato y el ratón con autocar escolar incluido. 

El protagonista para de vez en cuando en estaciones de servicio para repostar, o simplemente, esquivar al camionero. Finalmente, el camionero y el automovilista al límite de sus posibilidades de cordura se ven enfrentados en una carretera cerrada en unos acantilados. 

El duelo acaba con la caída del camión por el barranco arrastrando el coche de Mann, que ha escapado en el último segundo. 
Realizada en un principio como hemos dicho anteriormente para la televisión, su brillantez estética e intrigante pulso narrativo consiguieron que esta primera y barata obra de un jovencísimo Steven Spielberg fuera exhibida en la pantalla grande. Hoy esta película es un film de culto. Fue una imprescindible primera lección de un director magistral y una demostración de que el talento tiene más importancia que los medios.
Parece que a Spielberg le dieron diez días para terminarla. La acabó en trece, todo un logro para cualquiera. Para que no se rodase en estudio y poder conseguir filmar todo el rodaje en exteriores, debía cumplir con los plazos de los tres primeros días de rodaje, y el tipo lo consiguió. Este hecho determinó que el film tuviera los bellos exteriores del sur de los EE.UU que podemos observar hoy en día. 
El cineasta se ayudó de un coche bajo de carreras para poder realizar los contrapicados y los adelantamiento del coche al camión y viceversa. Rodó las escenas para ganar tiempo, con cuatro, cinco y hasta siete cámaras (la secuecia final) para poder terminar el encargo con tiempo. Sabía que tenía una oportunidad dorada para asomar la cabeza en el mundo del cine, así que había muchas ganas. Se ensambló en tres semanas y media con cinco montadores currando a destajo. La música minimalista y extraña aparece en los momentos más dramáticos y con mucho acierto. 
Como el título original, Duel, sólo hay un coche rojo – un Dodge - y un camión oxidado - se trata de un Peterbilt 281 con motor Detroit Diesel de 310 cv y caja de cambios de 12 velocidades + 2 atrás, de la década de 1955 - que le persigue toda la película. Spielberg empezaba a demostrar lo que es: un superdotado director de cine. 
Esta cinta es pura tensión, es tal la crispación con que vives el metraje que te sorprendes a ti mismo buscando el pedal del acelerador sentado en tu sofá. 
Spielberg controla los tiempos del film a la perfección y mantiene en tensión al espectador durante todo el film. Son los únicos momentos de descanso para el protagonista y para el espectador. Spielberg parece querer dar un poco de tregua al espectador para no agobiarle con tanta tensión y darle un poco de respiro.
Un guión sencillo pero brillante y un montaje trepidante provocan en el espectador que se quede casi sin aire. Dennis Weaver hace un papel brillante como conductor indefenso, crispado y a punto de estallar. El otro protagonista del film es el camión, al que Spielberg mueve con soltura por las carreteras con su cámara. 
‘El diablo sobre ruedas’ puede ser vista como la eterna lucha entre el bien y el mal en clave de road movie. O también como un gran duelo de titanes (como bien indica el título original), una lucha que no da tregua y consigue dejar sin respiración de principio a fin. 
Es pues una excelente presentación de Spielberg, un cineasta especialista en sacar grandes películas de argumentos aparentemente sencillos. A destacar está la falta de información presente (como por ejemplo los verdaderos motivos que provocan la lucha) o el hecho de que jamás lleguemos a ver al conductor del camión. Y todo en esta cinta contribuye a aumentar la tensión la angustia del protagonista, el paisaje, la carretera, el incesante rugir del motor, los bocinazos..., a desubicarnos junto con el protagonista, a desquiciarnos, a sufrir con el acoso del camión. Además, el ritmo es perfecto, in crescendo.


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